Sunday, December 15, 2013

EL DINERO Y LAS PALABRAS. LA EDICION SIN EDITORES


“El dinero y las palabras. La edición sin editores”, André Schiffrin


La edición “artesanal”: editan los editores
Érase una vez en la que el editor era un ciudadano formado que seleccionaba con mucho cuidado aquello que quería publicar. Las elecciones eran personales y fundamentadas. Se editaba pensando en la “longue durée”, que diría Fernand Braudel, con la voluntad de construir un catálogo a través de los años donde las piezas encajaran y dieran al lector una cierta visión de mundo, coherente y articulada gracias a la lenta aparición de títulos enmarcados en colecciones hermanadas. Era un mundo en el que la gente se daba un tiempo para leer y no repasaba nerviosa, dando un vistazo vertical, los últimos 3000 libros aparecidos en este mes a través de una pantalla con muchas imágenes, botones y reseñas hiperbreves.
Prensa de mano
Esta idea de edición artesanal, manufacturada, la podemos observar por ejemplo aún hoy en día en editoriales como Fórcola que nos explica así el nombre de su sello: “La «fórcola» es todo un símbolo del trabajo artesano que pasa de abuelos a nietos; la «fórcola» y el oficio que le da sentido, el del gondolero, han permanecido como referente del trabajo manual bien hecho, y me ha inspirado en la creación de mi propio proyecto editorial”.
El editor, nos dice Schiffrin, perdía al principio dinero al publicar un autor en el que confiaba. Éste le era fiel y, si la apuesta se ganaba eventualmente, la rentabilidad aparecía a partir del tercer libro, quizás del cuarto. Era una labor, desde luego, de largo aliento, basada en el fondo del catálogo, en la confianza y en unos flujos de caja muy distintos de los actuales. Se podía vivir del “slow money”.
Las reediciones, por lo tanto, eran fundamentales y un título podía comenzar a dar beneficios después de años. Una editorial como Doubleday, por ejemplo, perdía dinero con el 90% de los libros que editaba.
También encontramos en esta forma de editar pasada un imperativo irrenunciable: “no vamos a publicar un mal libro sólo porque sabemos que se venderá”, se decían a si mismos los editores. Existía además, como comentamos antes, un cierto compromiso intelectual lo literario. El editor quería ante todo influir en la sociedad con los títulos que le lanzaba. Un caso reciente de esta forma de actuar lo encontramos en la figura de Ramón Perelló, editor que trajo a España la influyente serie “Indignaos” del francés S. Hessel y que, gracias a la gran labor que ha realizado en Destino, ha recalado en editorial Península.
Se confiaba, asimismo, en la inteligencia del lector, al que no se le ofrecían best-seller degradados de lectura rápida para que no se cansara y pudiera alienarse. Se consideraba que si se proponían títulos de calidad, asequibles y con un lenguaje aceptablemente comprensible, los lectores responderían a pesar del supuesto elitismo de nuestro catálogo. Lo bueno no tenía forzosamente que ser minoritario.
Esta experiencia que describe Schiffrin me recuerda vivamente la historia de editorial Lumen, que nos cuenta su editora Esther Tusquets en “Confesiones de una editora poco mentirosa”. Su padre, si es cierto lo que he leído en algunos artículos, empresario de éxito, financió con los beneficios de su negocio esta casa de ediciones que fue deficitaria durante muchos años. Toda la última parte del libro de Tusquets, en la que describe la compra de su editorial y el proceso de integración de la misma en el grupo Random House, sirve como caso práctico para comprender este nuevo tipo de edición, “moderno” del que vamos a hablar a continuación.
Editar sin editores: best-seller, star-system, financiarización y edición para el gran mercado.
En la segunda mitad del siglo XX tienen lugar una serie de procesos que se dan en primer lugar en los Estados Unidos, que van a cambiar la forma de editar radicalmente. En un contexto de voluntad de expansión dentro del gran mercado de la primer potencia mundial, grandes grupos mediáticos que posee televisiones, periódicos y radios comienzan a comprar editoriales.
Estas grandes corporaciones van a imponer su lógica dentro de sus nuevos dominios: cada libro ha de ser rentable y la cuenta de resultados ha de mejorar cada mes. Aquellas exangües tasas del 1% ó 3% de ganancias no son aceptables ya, se piden cifras entorno al 10% o incluso 15% para el global de la casa. Estamos ante la “financiarización” de la edición. La lógica del mercado, de la especulación, empieza a socavar los principios de la edición “artesanal” descrita anteriormente.
¿Y cómo se puede conseguir con un producto “lento” como el libro estas altas rentabilidades?. Los grandes conglomerados vienen del mundo del mercado de masas, ligado completamente al “entertainment”. El libro comienza a ser visto bajo el prisma del “star system” propio del cine. Se busca el blockbuster, el libro que el 100% de la población desee comprar. La inversión en publicidad aumenta y por tanto la necesidad de vender muchos ejemplares de un mismo libro para rentabilizarla es acuciante. La competencia en este “nicho generalista” aumenta. Estamos ante unas dinámicas basadas en los grandes lanzamientos, en la “bestselarización”, en el espectáculo “eventizado”.
La inflación de títulos se dispara, la supreproducción inunda los canales de venta. Dos semanas en la mesa de novedades es ya casi demasiado, el libro no tiene tiempo para asentarse. Ahora estamos en un mercado donde la rotación tiene que ser alta y la capacidad, ajena hasta hora al mundo de la lectura, de consumir rápido el nuevo producto y olvidarlo para pasar velozmente al siguiente, se instala como un rasgo necesario. El lector se debe amoldar a los ciclos de producción-consumo-obsolescencia del mercado de masas.
Los editores, con sus criterios intelectuales, de selección, de búsqueda de excelencia y calidad,son relegados en las grandes mesas de cristal de los pisos más altos del gran edificio de la multinacional donde tienen lugar las reuniones. El departamento financiero y el comercial cogen las riendas. El márketing impera. Cuando se recibe un manuscrito la primera pregunta es: ¿cuánto puede llegar a vender esto?, ¿qué papel puede tener en nuestra cuenta de resultados del tercer trimestre para alcanzar el objetivo de rentabilidad?. Esta forma de enfocar la edición coincide en el tiempo con un proceso que lleva a la creación de agencias literarias, que negocian al alza a los derechos de los autores más cotizados, incrementando así la inversión necesaria para lanzar el libro al mercado y ahondando en la “financiarización” del sector. Los manuscritos se subastan entre las editoriales, la confianza entre el editor y el autor se ve quebrada y ya no permite proyectos a largo plazo (hemos abordado esta cuestión en otra entrada de Ecos de Sumer).
Estamos, en definitiva, ante una forma de editar muy diferente, que acaba teniendo influencias muy negativas sobre la bibliodiversidad, sobre aquello que podemos leer. La dictadura del mercado, su censura de guante blanco, se ha instalado entre nosotros.
Bestseller
Conclusión: el editor resistente y su papel social y democrático.
A pesar del desolador panorama descrito, Schiffrin no se resigna y confía en el futuro de la edición artesanal. No hemos de bajar los brazos: los lectores diferentes no han desaparecido, sólo hay que ir a buscarlos. Hay mucha gente que ha dejado de leer o simplemente de comprar, porque el mercado, que supuestamente se ajusta de forma perfecta a sus necesidades, no le ofrece opciones de lectura diferentes.
Con nuestra labor, si esta es continua y valerosa, podemos entrar en contacto con un público que haga posible nuestra aventura editorial. Existe un espacio para proyectos editoriales diferentes. En Europa, nos dice el autor, no todo está perdido. Hay editoriales pequeñas bien conectadas con el tejido social gracias a las bibliotecas y a las librerías. Este es el patrimonio lector que tenemos que defender.
El libro no es un producto de consumo cualquiera. Sirve, mejor que ningún otro, elemento de nuestra civilización, para promover y articular un debate necesario para la democracia, para fomentar la diversidad de pensamiento y la tolerancia. Es en esta lucha, concluye Schiffrin, donde la edición independiente debe jugar aún su papel: “Le combat continue”.

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