Sunday, September 06, 2009

La hora cuarta de los Cuatro Manus


A Pedro de Urzúa, vasco, acostumbrado a tratar con cimarrones y gente muy tozuda y violenta, como son los ex-esclavos cuando quedan borrachos de libertad y venganza, la manera como Lope de Aguirre le mira su mujer no le gusta. Pero hay algo en ese domador de caballos y soldado de marras que lo califica para lo que tiene en mente. Explorar los rumbos de las arenas de oro que los indígenas llaman los Cuatro Manus, orillas del río Mani en Tahuamanu. El feo y hediente Lope habla el idioma de esos indios infelices que se bañan en oro.

A veces el Capitán de Urzúa piensa que se vale que él haga negocios con Lope de Aguirre a cualquier precio, inclusive darle una probadita de mujer. El tiene de amante a Inés de Atienza. Es una hermosura, hija del Conquistador Don Blás, influyente como él en las Cortes de Felipe II. Cuando Urzúa se jacta de cómo engañaron, traicionando la confianza del cimarrón Bayano, y cómo de Panamá lo pasaron a España, para no respetar las treguas en la matanza, Aguirre dice: «¿Quién podrá confiar en este hijo de puta?»

Urzúa odia a los cimarrones, a los indígenas, aunque a éstos último los desprecia más porque tienen ciudades de oro. Supo, sin saber la lengua quechua, que Lope mastica bien que, a las orillas de los ríos de la hoya amazónica, gentes del Inca citan a tribus ribereñas que, por el Inca están sometidas a tributo. El quiere saber exactamente que es el Manu, si de veras significa Cita, o mejor, Oro. El capitán chulea a Inés y a Blás, padre de ella, y quien se la dio por puta, con la idea propuesta por el Virrey don Andrés Hurtado de Mendoza: explorar las orillas del Marañón en busca de El Dorado, ese lugar donde se citan los indios de Manaos y pagan, por cada comunidad, piedras de oro. Tributos áuricos.

Un soberano inca debe tener un Gran Tesoro. Su reino es llamado Paitití, otros dicen que Omagua y, si es cierto lo dicho, la capital es Manoa, tiene calles empedradas de oro; aún edificio piramidales en oro. Los utensilios de los palacios ya son cuantiosos como fortuna y el ambicioso Virrey Andrés Hurtado quiere parte. Le ha dicho a Pedro de Urzúa: «Te doy todos los recursos, caballos, armas, alimentos; te doy autoridad; pero ve y halla El Dorado, ese reino maravilloso, que llaman Paitití y aún le dicen Omagua».

Fue un invierno de 1560, cuando Pedro de Urzúa, tomó en cuenta a otro vasco que olía a caballo y yeguas en celo. Se le había visto ayuntarse con bestias. Y ese día, envió recado a Lope el vasco con el hidalgo sevillano de su confianza, Fernando de Guzmán y exhortó a que fuesen a su casa, porque aún Inés los atendería bien. Y dijo a Guzmán: «Es de rigor que Aguirre no huela a culo de yegua, porque estará cerca de Inés».

Entonces, a partir de ese día eran socios de una Expedición al Amazonas, en búsqueda de El Dorado y, según se avanzaba, los indígenas consultados, hablaron de Tahuamanu, Tahuantinmanu, Cuntamanu y Manuripe, y caminos para hallar los Cuatro Manus, o villas tribales que recaudan Enormes Fardos con Polvo de Oro. Y en las travesías de bajura por el Amazonas y la inmensidad del curso de este selvático río, tomaba meses de desgaste y pánico, porque la selva es sólo para indios y hombres más duros que Urzúa y las tropas que dio.

El capitán Urzúa comenzó a temer cuando Lope de Aguirre, quien se autodesignó Mariscal de Campo, ahorcó a ocho cobardes. Y después asesinó a un Teniente Vargas que cuidaba el Campamento de Urzúa y su amante. En enero de 1561, Aguirre se quejó con Fernando de Guzmán y le dijo: «Ursúa no me ha cumplido con Inés». Y no confiaba ni en ella ni en él y para que Fernando lo apoyara sublevó a las tropas contra Urzúa y lo proclamó Príncipe del Perú. «Yo seguiré siendo el Mariscal de Campo».

Y Guzmán, no por blandengue, sino por harto de ver cometiendo tantos crímenes, reconvino a su mariscal y lo trató de cruel y practicante de violencia inútiles. Le preguntó si estaba endemoniado, si pactaba con el Demonio y sus cuervos, porque seres carroñeros volaban sobre la ruta. Y a fin de evitar que, tras haberlo proclamado Príncipe, Lope se sintiera obligado a matar a Urzúa, su amigo, él mismo velaba el campamento de la pareja. «No lo mate, Lope, porque he soñado que con una Hora Cuarta de los Cuatro Manus... y una muerte más y seremos enjaulados por la muerte. He visto cuatro cabezas y no quiere que esa pesadilla se cumpla. Un Demonio de los sueños me ha dicho cosas terribles».

Lope se echó a reir y lo mató. «No creeré más en príncipes miedosos. Pobre Guzmán» y, en la noche, inquieto por el deseo de sexo, cegado de violencia, o de locura, entró a la tienda de Urzúa, levantó su mosquitero y, en medio de la oscuridad, cosió de puñaladas al capitán y a Inés. «No creeré más en la hermosura de las putas ni en las promesas de sus amantes».

Y, entonces, se dio cuenta que ya había matado a tres en la tarde del mal augurio del Príncipe de Perú. «¿Quién ha de ser el cuarto?»

Eso no pudo saberlo siquiera ese año. Otros sí lo supieron. Otros que leyeron el Pronunciamiento que firmó como Principe de la Libertad y de los Reinos de los Cuatro Manus y de las Esmeraldas. Trataron de recaudar muchas acusaciones y testimonios antes de condenarlo a muerte. Llevaba 72 asesinatos: 64 españoles, tres sacerdotes, cuatro mujeres y un indio.

Y cuando ocurrió la venganza que esperaba, presintió que sería él. Después de muerto le cortaron la cabeza y descuartizaron el tronco; conservándose la calavera en la iglesia de Barquisimeto, encerrada en una jaula de hierro.


05-12-20 /
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