Saturday, March 28, 2009

Mi abuelo y mi padre


La cultura no nos protege de nada. Los nazis son la prueba. Puedes sentir una admiración profunda por Beethoven o Mozart y leer el Fausto de Goethe, y ser una mierda de ser humano. No hay conexión entre la cultura con C mayúscula y tus opciones políticas o éticas (…) Nuestra sociedad se desliza por la memoria que le queda de haber formado parte de los buenos. Vive de los restos. (…) Yo no creo en la esperanza. No tengo esperanza en nada. Si nos fijamos en el mundo, todo es un horror. Ser una persona decente se pone difícil. En Occidente creíamos que habíamos encontrado un equilibrio, pero para el resto de la humanidad, la vida es una pesadilla: Jonathan Littell


Los Güeldres hemos caímos en desgracia. Soy la segunda o tercera apostasía entre misioneros que han deseado vivir en Dios. Es por la carne que caemos, o por devoción al conocimiento. Quedé huérfano de padre, casi a la edad de 6 años, sin nadie que me dijera qué pasó con él, si los mafiosos de Sinaloa y Tijuana lo mataron, o si sencillamente él abandonó a mi madre remordido por su desvergüenza. Mamá dijo que jamás regresó. Un corrido alega que lo fulminaron con veintenas de tiros.

Una fuerza mayor, desconocida hasta entonces por mi espíritu, se desató contra mí por causa de esa muerte. No fue otra cosa que la realidad que existe fuera del espíritu; una realidad más impía y feroz que todo sentimiento que yo tenga guardado como contenido de mi alma. Este fue el choque de los mundos, la esfera menonita tan privada y la esfera de los perversos...

Marzo 5, 1975:

Este es el recuerdo que tengo de mi padre, el Dr. Güeldres, nacido en Amsterdam, Holanda: de manos fuertes, gran estatura; él mismo construyó la casa que vivíamos; todas las alacenas, taburetes para su consultorio, libreros, mesas y sillas, él las talló; con esa manos que trajeron al mundo a tantos bebitos, incluyéndome; él miraba con gran ternura, lo sé por sus fotografías, donde me sonríe. Supe que esos mismos ojos suyos vieron tantos partos; de las mujeres hermosas de los alemanes, de las pocas holandesas de la Antigua Orden Amish que hicieron migas entre hermanos de Chichihuatl y que se mudaron a la colonia en el Valle de Guadalupe... Mi madre fue una de ellas».

«El nunca usaba corbatas; vestía humildemente casi siempre; pero tenía finos trajes, demasiado grandes para mi talla. Cuando sentía frío, yo me envolvía en uno de ellos, uno que me gustaba... y yo me sentí orgulloso, cuando por algún viaje, él se engalanaba e iba al aeropuerto. Se ausentaba pocas veces, pero se ausentaba».

«Me gustaba mirar las fotos en que le rodeaban sus amigos, aún aquellos que terminé odiando por haberlo condenado... Tenía yo el pasatiempo de mirar sus fotos. Por ella supe cuánto me amó y cuánto amó a mi madre. Le dijeron vanidoso y que una cámara fotográfica es un objeto inconveniente, tentación que da el Demonio».

Mi padre hablaba holandés, alemán, inglés y el extranjerizado español, lleno de los localismos de la frontera. Que aprendiera el caliche tijuanense fue cosa de escándalo. Tenía tantos amigos en la aldea como fuera de ella, y siempre que venían los gringos a Chichihualt, él era llamado como si fuese un alcalde, o conciliador de la Antigua Orden de Jacob Ammann».


En los últimos años, tras la muerte o el abandono de mi padre, en 1975, me enamoré de Pamela. Escondido en un establo, yo le escribí unos estúpidos poemas, mis ingenuas cartas, mis ocurrencias ante lo que ya soñaba que fuese mi noviazgo. Hasta ahora, por mi vida, no he realizado cosa más importante. Ellos me hablaron de armonizar con algo. Mencionaron a Dios, a la gente, a la Naturaleza, a la granja que me dejaron dentro de la Familia del Pacto. Comencé, por desgracia, perdiendo la familia desde joven, conociendo que hay hermanos del Pacto a los que jamás le trataré como familia, sin antes entender que son una legión de sicarios antifraternos... Sí, me gusta la soledad y los animalitos del campo; pero, me han dicho que, sin cultura, no podré defenderme y me va a maltratar hasta quien no tiene un mínimo de la inteligencia natural que tengo... Existe el deseo por utensilios que gritan por su necesidad y me siento miserable si no los obtengo.

Escribo y es una dicha que lo haga. Aprendo, me consuelo. Las primeras anotaciones en el diario se relacionan a la niña más bella del mundo. ¡Pamela! y es lo mejor que he tenido, la he disfrutado y hacerlo ha sido como empezar a echar a perderlo valioso.

Yo quise pedirle perdón, hacerlo ante toda la aldea; pero nunca diría, sin mentir, que me arrepiento…No hallé otra cosa que alegría en quererla. Ella era el paraíso. Un ángel que, con sexo, se manifestó. Se fundó la vida ese día, el germen de mi vida verdadera, y me ví en carne, glorificado en ella. Pamela y yo hicimos el amor. Nos entregamos.

Las veces que me sorprendieron en la tarea ilusiva de amarla se rieron, se asustaron. Me agredieron con ironías. Yo no tenía derecho a soñar con la niña más bella del mundo. Por suerte, en tales ocasiones, nunca robaron un texto que evidenciara el nombre de ella.

Sin embargo, Pamela recibió algunas de mis declaraciones de amor. Ella sí sabía que yo la aludía. Ella fue esa niña. Admitía serlo cuando me sonreía en la iglesia y me advertía en la distancia, cómplice de mi ensueño.

Se necesita de bastante hipocresía para ir por la vida con una sonrisa en los labios, o para ser paciente y escuchar a otros, y estar íntimamente apabullado, insatisfecho, sediento, sabiendo que te acusan por el pasado del que no tuvíste control. Papá fue más arriesgado que yo. El fue inquieto, física e intelectualmente. Dejó en casa muchas revistas de ciencia y teología, arte y poesía, enciclopedias y diccionarios y, si se lo permitieron, fue porque era el médico de la colonia.

De ese legado personal, nunca supe si lo hubiese interesado que leyera, o lo guardara para mí. Me atrajo, a final de cuentas, porque ni teníamos televisión. Ni fui a cinema alguna hasta que fui expulsado de la aldea. En contacto con las lecturas, la dizque levadura y cizaña que trajo la familia Güeldres, una vida interior se forjaría sin darme cuenta.

Y de algún modo tendría que observarse porque el clan juzgó que soy una fruta sana en apariencia; pero pudrida por dentro. Nunca se murieron los recuerdos que tenía de Iván, mi padre y yo, ya ausente de Chichihuatl, me empeñé en preservar lo poco que se me dijo sobre él y comencé el diario, o el memorial de las cosas comunes. Siempre he escrito cantidades de tonteras. En la colonia alguien dijo que yo nací para escribir los salmos de mi siglo; pero, con un padre como el que tuve, que se fue a la Avenida Revolución a jugar y darse copas, tendrían que cuidarme con la Ley de Moisés, no con la Ley de la Gracia.

Alguien habría que localizaba mis escritos. Los pasaría por fuego como si fueran pergaminos proscritos y adulterantes de la Opera omnia theologica de Meno. Un poema que mencionara a Pamela Arlon desaparecía. Todo lo que fue suyo y mío lo perdí... pero queda uno que otro poema con la culpa de haberla perdido. De la misma manera, todo lo que anoté de mi padre, de saberse, fue sospechoso.

El recuerdo Papá se quedó conmigo como una de esas memorias que se han de guardar como tesoro, aunque ellos, hostigadores de la colonia, quemaran las fotos suyas, así como desaparecieron cartas que envié a Pamela, amenazádome de que no la busque. A ella la apartaban de mi cercanía. Desde que cumplió la edad de 13 años, momento en que me enamoré, le dijeron que no me hablara. Que me huyera. Fue antes de que me sacaron a empellones de la villa. Me dieran sus golpizas en el trayecto y maldijeran a papá por pecador; ¿por qué yo habría de ser distinto?

Pamela se casó con otro. La convencieron de que me aborreciera lo mismo que la aldea hizo, en repudio de papá.

No perdonaban que el Dr. Iván Güeldres, mi padre, diera tal ejemplo de fornicación a los aldeanos y a su hijo; él, a quien todos llamaron el más sabio de los menonitas de Chichihuatl, en el Valle de Guadalupe, quedaría expulso de la aldea e indenfenso ante los enemigos que hizo en un momento de debilidad, orgullo y ebriedad. Sí. Papá se enfrascó a puñetazos con narcos de Tijuana y venció. Echó una noche abajo toda su linda estampa de hombre pacifista. El quitó la mujer a un pistolero sinaloense; hasta lo aluden en un corrido. Ni arrepentido habría de permanecer en el Cuerpo de los Santos.

Mi abuelo también fue un bohemio. Fue el primero de los fracasos misioneros y se dijo que abjuró su fe y se entregó ciegamente ateísmo por causa del nazismo. El los combatió y lo ganó un rencor venenoso.

Mi padre, por el deseo de ejercer la medicina, se libró de la milicia. Odiaba a los nazis que bombadearon a Holanda; pero el abuelo fue más duro.

Me informaron que el día de mi nacimiento algunos vecinos que él convocó al festejo no sabían si estaba más contento por el hecho de tener al primogénito, que tanto deseara, que por el arresto de Adolfo Eichmann, capturado en el Congo Belga en 1960, y dos años más tarde ejecutado en la horca.
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Friday, March 27, 2009

La expulsión


El círculo alemán de Adán Rednitz exigiría ¡el poder de la villa! Es lo que han querido para sí y sus familias. Fredrika de Bülow, la única voz compasiva a mi favor, testiga fiel y vecina valiente en la aldea, advirtió que no es una en la recua de esta borregada. Y, siendo yo también distinto,. no se me engañará ni con los rezos silenciosos de los bávaros, que son menos honestos que el siseo de una culebra a punto de atacar, ni con abrazos en la esquina. No se me engañará con ademanes reprensivos ni con miradas de refilón. «De él dependerá si la villa subsiste como algo más que un caserío», dice Fredrika. Ella preguntó acerca de mi expulsión. Que se me echara de la comunidad cuando más necesité del amparo congregacional no fue un acto cristiano. Había muerto mi madre. Fredrika ha sido mi protectora. Ha sabido lo que ha representado mi ancestro para la villa.

Antes del sepelio, lo último que Susana y Pamela preguntaran fue:

«¿Es cierto que te vas?»

«No. Al menos que alguien me esté echando, ¿ah? Todavía no».

«Se dice desde hace semanas».

«... pero, ¿a dónde?»

El rumor había persistido sospechosamente por varios días. Fredrika me alentó a pedir cuentas en la sabriña. Y abrí mi boca en el foro. Cuando uno decide irse de un lugar, debe tener otro por destino. Es cuestión práctica, parte de uno saber acreditarse. «Y ver qué tiene que sea propio». Fredrika ha ayudado a Mamá Claudia, con la administración, desde que cayó enferma. Ella compró el féretro. Ella escribió a mis tías y le dijo: «Claudia se enterrará en la villa porque así me firmó instrucciones; así ha sucedido». El día llegó. Me dijo: «Has un gesto de poder. Te toca».

Ese día, con la edad de 17 años, me vestí con ropas blancas en espíritu y fui anciano ante la villa y los invité a enterrar a mi madre, según la costumbre menonita. Fredrika me sonrió y me dijo: «Hablaste más fuerte que lo que esperaba; habló tu corazón son sinceridad. Es el más grande discurso, Hablaste como tu Abuelo», me susurró.

«¿Cómo persona alguna en este pueblo se atreve a tanto? Rumora o asegura, que me voy... ¿Pues a dónde? ¿Cómo anticiparon que me voy si no lo he dicho yo? ... si apenas el cadáver de mi madre espera, aún caliente, frente a ustedes, si alguno hay que quiera ayudar a enterrarlo... yo no puedo solo y nadie se me acerca, excepto la señora Fredrika... y me dijo: 'No te vas, no puedes irte... hasta que no se me explique: ¿Qué se hará con la casa de mis padres y de qué legajos leeré qué se hizo con los bienes de los míos, a quiénes pediré cuentas? Esta villa es una sociedad donde la gente tiene derechos. Puedes irte, pero, hasta la para irte hay un trámite'... A ustedes, a toda la membresía de la Familia del Pacto, les pido: Vamos a enterrar a Mamá Claudia. No me dejen a solas con ésto».

Terminado el sepelio de Claudia Arhaus Delfzij, viuda de Güeldres, volví a mi casa y permanecí en ella, ahora una casa vacía, sin la vida bella y deseada que animó sus paredes. Esperé a Fredrika. Al menos, yo pensé, que vendría a despedirse, o a acompañarme nuevamente. Ahora sí, caería contra mí la peor de las persecusiones. Me dejaron solo.

Ninguno de quienes lo esperé se acordó de mí. Ni ella, a quien Fredrika refiere como mi novia. ¡Tanto tenía yo que agradecer a la maestra Fredrika! Y no llegó y a mi novia no pudo traerla al sepelio de Mamá... (Luchaba mi causa sin yo saberlo).

¡Si llegaron los cuacos, hermanos falsos, rudos y groseros, cuando lo ceremonial acabó y me vieron rumbo a casa! Innecesariamente, me jalaron de la cama cuando ya estaba recostado. A empellones, los Redniz me subieron al interior de una camioneta después de arrastrarme por el traspatio de mi casa. Encendieron el vehículo y arrancaron.

Dizque se me dejaría a las puertas de Babilonia. Adán, Jr., manejaba, su primo René, el Emo, dirigía una palomilla de golpeadores. Cinco cuacos, abusadores. Adán sabía que mi deseo fue ir a una ciudad, sea Tijuana o las muchas de las que supe su nombre, como Amsterdam o Almelo. Sólo su nombre. He sido como un niño que se perdió en medio de una selva y, a la muerte de sus familiares, nadie vino por él. Jamás he salido de Chichihuatl, la comunidad del aislamiento.

El objetivo del secuestro por los cuacos fue simple: Que yo no pasara una noche más entre los menonitas. Redniz, el joven, alegó que la Antigua Orden holandesa, con misioneros ácratas, como mi padre y mis abuelos, hizo mucho daño a la edificación espiritual del poblado en el Valle de Guadalupe. Tomó tal idea del Temible Bávaro y de su padre, Adán, Sr.

Que la colonia tuviese una vida espiritual verdadera no desvelaba en lo mínimo a Adán Rednitz ni aquellos alemanes de su corillo, cónsonos a sus métodos. Echaban el cascabel a otro. Mentían. Guardaban su rencor, sin jamás confesarlo, y pasaban tal resentimiento a los hijos, van tres generaciones. Disfrazan su ambición con sermones y callada competencia. Ejecutan sus planes, no siempre con escrúpulos. El Temible Bávaro fue un asesino. Justificaban en Dios lo que no es de Dios. Y lo que colmó mi paciencia fue que dejaron de proteger a mi madre con la diligencia con que antes lo hicieran, cuando mi padre estuvo con nosotros, cuidándonos. Ni ella ni yo, al padecer, abríamos la boca para echar amenazas, o con quejas; sólo clamábamos al que juzga con justicia, al que enmienda los males. Pagamos el mal con bien, porque, somos menonitas de fe y verdad.

Un día lo intenté. Echar de mí las coyundas con que me uncían los amos y los veedores; pero ví cómo empobrecimos y quedamos apartados de comunión. Sólo nos quedó el hambre y la soledad en medio de todos ellos, tan colectivistas y autojustificados. A tres años de la muerte de mi padre, yo traté de ser rebelde, de hacer oír mi voz. Quise ser el jefe de la casa.

Trabajé como pudo un niño en los viñedos de Rednitz cuando mi madre enfermó; no quiso la carga que Rednitz puso sobre mí. «¡Mira qué pueblo, mamá! No nos quiere». Me pidió que no juzgara a los hermanos ni a la villa por sus caciques... Entonces, murió antes que yo supiera cuán preocupada estuvo por mí... Aún así, sus palabras fueron: Honrad a todos. Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al rey. Yo no cumplí del todo. Tengo una espina de rebeldía y no me la han podido sacar. Ni la almas puras y aguantadoras como Claudia pudieron.

¡Qué suerte que me sacan de aquí! Finalmente, tendré que afirmarlo.

No habría soportado que los ojos de Fredrika me recriminaran. Si los ojos del padre de Pamela Arnol, o doña Susana, quienes fueron buenos conmigo, me despreciaran, dígase que ya conocí la muerte. Irme sin Pamela me avergüenza; yo muero... Esta desesperación me agoniza... Fue ingenuo que yo pensara en lindas despedidas. Que tuviese el tiempo a mi favor. De momento yo me transformé en rebelde. Era lo que tenía que pasar. Era ya lo que se pudo ver en los ojos, en los gestos, en la presencia mía. Por eso me adelantaron la largada. «Con este pendejo haremos carajos», me dijeron. Me echaron a la basura y, envalentonarse así, ¿habrá asustado a los Arnol? ¿A Pamela? [A tí no, Fredrika].

Sólo en días de vida de mi padre, días en que leía para mí su diario, yo era el niño armónico, el fuerte, el ángel luminoso, que en el silencio del que escucha, se oye.

Aquí, en una camioneta en veloz marcha, con el demonio al volante, recuerdo las evocaciones de mi maestra. «Nunca pierdas la calma, aunque veas que el pánico crece a tu alrededor». Vano que insista: No puedo, me llevó pateco... Que imitara a mis padres, su bondad con la colonia, por ejemplo. Mamá y un par de sus hermanos arribaron a Ensenada con la oleada del regreso del benefactor Güeldres. El Molokano fue uno de los fundadores de la Empresa Colonizadora de los rusos y de la villa menonita del '20. Por esos años se fue; cada diez años se va, es lo que esperan; siempre vuelve. Algunos, muy pocos, lamentan que haya venido.

De mi parte diré que éstas son familias que conocí y quiero. En otros casos, sólo referencias que obtuve por boca de mi madre son las que doy. Unas veces, porque murieron par de años después de yo nacer o, como en el caso de una tía materna, cuando tenía la edad de tres años. La información oral ha estado presente. Se apetece. Otra de mis tías se regresó a Holanda con su hermano pequeño. Luego nos visitó dos veces. Conozco a las generaciones de mis coetáneos Rednitz, lo mismo que a los Arnol, Van Vandraken y Bülow. Hay fantasmas con legado; otros son de carne y hueso. «Los fantasmas son históricos: son energías y karmas», decía Mamá Claudia; porque, para aparentar sabiduría, más de una vez lo dije: «Los fantasmas no existen. Usted a mí no me echa miedo». Sin embargo, ese día era el Fantasma Rednitz. Un hombre pervertido por gente que ya no existe y él me estuvo echando miedo. Utilizaba el nombre de todos los muertos en mi genealogía, en la suya, en la de otros propietarios holandeses y bávaros de la aldea. Mencionó a... los Stroganoff, a los Van Vranken, a los Bibayoff de 1903...

¡A mi Abuelo Molokon se le enterró en la villa rusa de Guadalupe con alabanza y en dignidad ante unos pocos! Así él lo quiso. Del pueblo ruso, ya no quedan sino ruinas, el museo y terrenos baldíos, e infinidad de gente que deseaba comprar a sus dueños... para cultivar más viñedos y sumar a la Ruta del Vino. Se inició, hace pocos meses, el Festival de la Vendimia, siempre será en agosto. Y un Bibayoff-Delgoff salió de la nada.

Me llevo ciertos recuerdos. En los últimos años, tras la muerte o el abandono de mi padre, por 1975, me enamoré de Pamela. Escondido en un establo, yo le escribí unos estúpidos poemas, mis ingenuas cartas, mis ocurrencias... ya soñaba que, con la hija menor de Los Arnol, se admitiera mi noviazgo. Más por lo escrito, que por lo visto, se me acusa y se han sorprendido de mi tarea ilusiva de amarla. Se han reído y asustado. Me agredieron con ironías. Me hicieron sentir que no tenía derecho por contar con sólo 15 años; pero, tres años antes, ella me cautivó.

Mamá bendijo un retrato pintado por Tamara de Lempscika. «Esta niña de rizos, con el pelo amarilla, plateado, con una regadera en la mano, será tu amor de juventud». La nombré como la niña más bella del mundo. Y si bien salí de sus cercanías, expulso de la villa, le hice el amor antes de largarme. Sí. ¡Cuán lejos he llegado, cuán atrevido fue mi corazón y mi sexo! Fue mía, en espiritu y en carne... Y, cuando nadie vio y fuimos tan discretos, hace varias semanas, se comprobó su embarazo y, si es cierto que las penas matan y los desalientos precipitan las condenas, mamá se murió de pena. Y estoy en la aflicción con consciencia del daño que hice, sin la oportunidad de hablar. Los fantasmas no dejan. Obstruyen para que haya tormentas en los vasos de agua. Y la comunidad pregunta: ¿Cómo ha podido darse ésto, con dos chicos, que ni ruido hacían y que parecían invisibles? No que seamos invisibles, es que nadie ha querido vernos ni ayudarnos. Este síndrome fantasmal no deja ver ni oir. Todo lo trunca, lo deja a medias, sin concretas explicaciones.

Las semblanzas de Fredrika, aún las escasas referencias al pasado de mi familia, no habrían sido suficientes para atenuar mis curiosidades. Es la frustración que tengo, quiero saber más y no sé cómo. ¿Seguirán dejando que crezcan los fantasmas: los nudos de lo incierto? ¿Quién hará el exorcismo investigador? Ahora sólo quedo yo... He desconocido, por obstrucción de topdos, que tengo derechos y que se me deben muchas cuentas.

Pero nadie ha querido ayudar cuando pregunto algo. ¿Existe algún documento que pruebe jurídicamente que existo? ¿Qué se puede hacer conmigo, qué otro daño? Desde que mi padre no volvió a la aldea y pregunto por él, me han hecho sentir que vivo entre zombíes, muertos que nunca se entierran, tumbas que no declaran a quién tiene bajo tierra,m en su foso... Esto es la villa: lugares de muertos vivos, fantasmas, como mi madre... los jefes de la villa, son sepultereros. Escarban lo que parece vivo; echan cal de olvido sobre los muertos-vivos...

Seres que amo vivieron con el sincero y profundo anhelo de «llevar la cruz» por amor a Cristo; vocación de misioneros. Esto me alegra y a la vez me entristece. No creo que pueda hallar quien hable, aunque mi interrogatorio lo haga a gritos. Por primera vez, siento que tengo la opción de regresar a donde fui expulso y preguntar por qué lo hicieron. Arreglar cuentas es mi pase.

Y lo sé. No fui fiel a la autoridad de la Palabra de Dios ni virtuoso ante los ojos de la Familia de la Fe. A lo mejor hicieron bien con alejarme; sólo pedí que acepten que no los rehuyo. Me aislan. No quieren que nadie me busque ni me ofrezca cariño. Yo estuve expulso antes llegara Rednitz a patearne. Definitivamente, fue envidia. Envidia que atacó, en un principio, al Molokano, a su esposa, a Iván, mi padre, a Claudia, a Fredrika y, finalmente, a mi persona.

¡Qué absurdo que sea la tristeza de mi expulsión la precipite alguna toma de consciencia; qué afortunado que la necesidad me haya evitado sucumbir en el ateísmo y la ingratitud! Me gusta pensar que tengo fe. La idea de que el amor por Mamá Claudia, Fredrika y Pamela, me han redimido, es consoladora; la idea de que las cartas, diario o notas de mi padre, son la oferta de como un nuevo evangelio, no irreconciliado del todo con la vivencia de Menno Simonis. Algo comienza a cortarse, a segmentarse para mayor pureza. «¿Quién trajo aquí levadura?», Rednitz predica. El fantasma Rednitz. Grita con una voz que infunde temor en la gente. En todas. Menos en la mía.

El corte vino con violencia. ¡Me asaltaron (cuando estaba más perdido que Carracuca), confiado en mis esperas y en ver a Pamela, con sus padres, entrar a casa. Ese es el momento clave de la expulsión. Bajé la guardia. No esperé lo suficiente porque no pude. Mamá se temía una acción como ésta y mira... se murió para no verla, o tal vez anticipó que iba a suceder y se murió en el adelanto profeético.

Fredrika evocó la bondad de Claudia Delfzij e Iván Güeldres. Sin mencionar por sus nombres a mis acusadores, reprobó la severidad con que plantearon mi discipulado y los planes que tendrían conmigo a partir de ese día. Se me privó de comunión (no porque yo lo solicitara), sino porque me excluyeron. Ahora tienen la mano libre para robarse todo y seguir oprimiendo al Molokon Stroganoff-Van Vranken-Gueldres... En mi caso, si no estoy con Pamela esporque irrumpieron los cuacos a mi casa, me golpearon y me tiraron por un camino apartado. Y, para ésto, alguna venganza se fragua. Tal vez me toque ser el detonante.

Ahora estoy untándome en mis pies una pomada. Están en carne viva. Pero llegamos al sector de una bahía, sobre la Avenida Reforma y Cortez. Entramos a la Farmacia Del Sol y un médico ha dicho: «¿Por qué te has hecho ésto? ¿De dónde vienes, pobre muchacho?» Contesté que vine de un oscuro cementerio, un lugar donde ya no había vida y que salí de una tumba profunda...

El legado Dr. Güeldres («levadura intelectual»), mi padre, será mi defensa. Entre las viejas familias que habían servído como Forgeher, o ushers, y se designaban, sin consenso, diáconos y ancianos), está el eje deliberativo de la Comunidad del Pacto. Algunas serán mis aliadas; otras no, ya los compró la maldad o el miedo.
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Leda y el materialista

al Dr. Joaquín Torres Feliciano, sicoanalista y poeta

Nadie me grita desde una acogeta, cualquiera sea el nombre. Conmigo no se juega al escondite. Si la esencia no se manifiesta en el fenómeno, es cierto: el océano último del cosmos estaría muy bien descrito por Von Hartmann, el inconsciente de voluntades ciegas me tomará como un poseso y seré el estúpido del que todos se ríen. ¡Del huevo de Leda saldrán los demonios, los cisnes, los gansos, las Gorgonas, Helena y las flappers! «La foule: vaste désert d'hommes», se quejó René Chateaubriand. Igual que cualquer hombre que se queje de las sombras, cavernarnas o fosos inconscientes, me quejo yo porque sin categorías objetivas no puedo entender ninguna esencia ni justificar mis impurezas ni mis verdades relativas.

Yo me armo de valor aunque esté maltrecho. Defiendo mi lucidez contra esa chusma de ágamos, ilusos y engañadores que publicitan mucha propaganda. No le huyo, me enoja que se sugestione y que el capitalismo y el mundo color de rosa me venda sus pamplinas. La gente, con exceso de fantasías, me hastía. Es que creo en la manifestación externa de las esencias. Los que se pretenden más espirituales que nadie y sólo meten la cabeza en el agujero no cuentan que aquí radica su derrota y, en mi caso, radica la voluntad de conceptualización, por la vía la abstracción lógica y el análisis.

Entiendo los desafíos de la condicionalidad histórica. Por desgracia, hay veces que uno es incapaz de resistir la presión de la gente delirante y llorona. Uno quiere dar paz, propiciar convivencia en aras del bienestar común y pasar a otros la doctrina de la objetividad del saber. No ahora, al menos. En estos días, hay muchos hijodeputas en acecho. Quizás es la crisis económica. Vienen a ver que te sacan. Te hablan de misericordia. De fe. Ayuda mutua. Te involucran con sus flemas saturninas. ¡Uno quisiera nacer de nuevo; participar de un mundo honesto! Pero nada que ver... ¿Y qué sucede? Sacan las uñas. Metafóricamente dicho, echan a rodar el huevo de Leda y te arrollan con la rodada, de sopetón.

Sé que, sin la base social e histórica, me perdería. Odio profundamente a estos fenomenólogos idealistas que circulan en el mundo de la imaginación pura y, como Husserl, predican que los objetos no existen fuera de la consciencia, que no hay realidad objetiva, que no hay mujeres ni delicias tangibles. ¿Cómo puede uno confiarse a esa caterva de avestruces? La gente escapista no le brinda ayuda a nadie. Son los que necesitan ayuda. Sin embargo, son los que echan a rodar el huevo de Leda.

Vine, por desgracia, a la tierra de los verduleros y me hallo en medio del mitote de los avestruces. Aquí los gansos gozan de prestigio. Y me han dicho que no soy sentimental, que no parezco una buena persona. Es que siempre he dicho, con un lenguaje que parece materialismo vulgar, que hay que ser un poco egoísta, autónomo para progresar, que hay que planificar. En tierra de los derrochadores, eso es como ser antipático... Bueno, no me escondo. Ni me gusta la mortificación y éste es un momento de asumir este problema. Estoy en graves problemas económicos. Algo hice mal. Admito cierta parte de la culpa. Le voy a decir cuál es.
Amé a Leda, la gratificación que viene cuando compensa la ley del castigo justo. Leda es algo hermoso: satisface un potencial. Leda es un premio, luz a final del túnel. Podemos amar al Cisne, o la Rana, al Ganso o a las culebras. Leda es amor propio y un día halla dos huevos: uno bárbaro, espartano; otro que es un huevo valioso, la verdadera Gratificación... a nadie que no comprenda que la vida histórica, siendo un pantano, muladar de acogetas, puede tocar la suerte de hallar un huevo valioso, doy mi solidaridad voluntaria. Leda somos todos en potencia; pero hay los que no empollan el huevo del cisne con la oca, sino que lo destrozan. Entran a los pantanos a solazarse, no a salvar la vida de otros, no a rescatar el huevo valioso... Parménides dijo que el Ser es corpóreo. Es lo que yo creo.

No me importa tener un ser infinito, como propuso Meliso de Samos. ¡No, qué va, no me importa! Pero que sea sólido, con masa, con corporeidad. La incorporeidad del ser es neurosis. Y, por desgracia, la gente que he conocido es la gente del pantano. La que prefiere las alucinaciones o malgasta el tiempo con los sentidos intuitivos de fascinación, no de espiritualidad. No sé conversar con idiotas. No me atrae compartir con cualquier gente. Hay poca gente que entiende a un hombre como yo. Gente que tenga los pies en la tierra y maneje los conceptos del orden y la seguridad, de lo valioso que es hallar un sentido del Ser gratificador...

Y voy ante los espirituales, usted sabe... esa gente que propuso la consciencia como un hoyo y mete la cabeza y se esconde en él y le digo: «Necesito ayuda». Un préstamo. Pero, por hoyo yo defino, por igual, la desconfianza. «Usted no es de fiar porque es ateo, radical, en cierto modo, elitista». Sufre solo o entra en este juego en el muladar.

Esa gente rompe los huevos y tira la yema de ganso, sus insultos de boca de sapo, sus águilas de mala voluntad y mentira sobre tí... Tiran fango de su pantano, destruyen lo valioso... Consejos es lo que te dan. «Cambia tu vida, sé simpático». Vas a pedir ayuda y ellos te cambian el orden. «Ayúdanos tú; entra al juego». Sí, que les ayude a empollar un monstruo. El mismo monstruo que me ha puesto en el camino de Leda, la ultrajada.

Soy objetivista. Prefiero las determinaciones de mi intención humana, chacon a son goût, sin mi cabeza en el agujero. ¿Es posible? «Yo vengo a pedir ayuda y, cuando estoy caído, no puedo ayudar»... Te replican, caray. No son colaborativos. De la acogeta salen los acusadores: «Usted es individualista, antipático... si hasta ha dicho que somos una chusma... que destruímos el orden; o llenamos de locura el mundo»... No es cierto, con la ayuda de Leda y Némesis, la vengadora justa, doy a cada cual lo que merece y, sobre todo, hago mi felicidad. Me gratifico.

Vine a la Iglesia, a las organizaciones bona fide. Estoy menesteroso. He perdido mi casa por una economía que se fue de mi control. Estoy desempleado. Estoy enfermo, sin familia, sin el apoyo de ninguno... pero no soy un delincuente ni soy como Sade, progresista, republicano y ateo. Yo creo la solidaridad voluntaria, sin soluciones de avestruz... ¿Cómo puede uno confiarse a una caterva de avestruces? Estoy como Leda en las orillas del río Eurotas, quien a riesgo estuvo de ser violada por todas las deidades falsas del poder.

El huevo de Leda fue un huevo de cisne. El huevo que encontró y que era valioso no fue una piedra, no fue una carroña como las de las almas vulgares. Cuando se abre el cascarón asoma una cabeza de cisne. O una gratificadora bienaventuranza... algo realmente inmortal y divino. Némesis, el buen destino, te premia... pero, ¿qué ha sucedido con esos caras de rana a los que he pedido ayuda... me abuchean con huevos de ganso, ¡ay, ni madres! porque llevan la fealdad y la cobardía por calaca. Los esquivo. No me bañarán de yema de ganso ni escupirán las moscas de su boca sobre mí...

La Iglesia y el Poder del Establecimiento me han dejado solo; aún Leda, puede ser violada y engañada y es triste, pero tarde o temprano tendrá recompensa porque escogerá el huevo valioso. Ella tiene instintos superiores. Ella no es una vaca, de esas que se creen incorpóreas. Ni es una histérica zoofóbica jugando en el muladar. Es fácil hallar una vaca que no da leche. Un criadero de renacuajos... Yo, como Pedro Abelardo, a quien le negaron los huevos del placer, al menos le admiro que, después de todo, fue el primer conceptualista. ¡Es lo que temo: dejar de ser el gran conceptualista del placer y el Ser valioso! Si no lo soy, ¿qué seré?

Considéreme un ciudadano preocupado, ahora en miseria, pero, protegeré este principio. El de mi dignidad y la solidaridad primaria con los objetos amables y reales. Leda es un objeto dentro de mi consciencia. No está fuera de mí y, conste que lo que más me agrada de la vida es ajeno, trasciende mi consciencia. Es una trayectoria lejos de mi propia fenomenología. Estúpido, ¿no?

Con el perdón debido, por la palabrota, si el Estado, la Iglesia y la Comunidad, no me ayudan ahora que voy por Leda y sus huevos valiosos, la vida de estas tres instituciones, será un muladar y, si usted como individuo, me menosprecia, ahórrese your farting show. Sus desprecios... No vivirá dentro de mi consciencia. No pertenecerá a ella. ¡Pero qué bueno que la existencia de otros sea independiente de la mía!

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La sirena maya y la tempestad

He visto a la sirena maya. Y no es un espíritu maligno. O sea, yo no creo en esas cosas. Es una mujer común y corriente, que sale de entre los bosques. Anda en busca de los náufragos. Hurga entre los escombros de cualquier barco o avión que se accidenta... La ví en Coyoacán y frente al Xtabai en Reforma... Coteje usted esas coincidencias con las que ya conté a usted sobre los personajes de Shakespeare... A una actriz que conozco dieron el rol de la bruja Sycorax en La Tempestad. Y yo que soy, Fernando quiero a Miranda, la actriz, como el ente real que es, pero se ha transfomado en bruja. Salgo con ella y es Sycorax, la auténtica demonia.

Jamás la pude acostar, hacerla mía. Siempre tiene un pretexto. Ahora si me doy cuenta, si me permite la falacia biográfica de identificarme con la literatura. Está sacando en el teatro su verdadera naturaleza. Más allá de lo situacional y la coincidencia de apellidos, en la ficción o en la realidad, ya no es la dulce Miranda de La Tempestad.

De un tiempo acá, es una prostituta pintarrajeada que asesina a los marineros cuando salen de beber en las cantinas. Le temo al hacha sangrienta que tiene por boca. Me hizo escenas de celos y tan fuertes son sus gritos que atrae moscas y los buitres la siguen. El poder de la bruja. Y luego, si salgo del Xtabai Club para darme unos tragos, que es mi costumbre, ella me espera a mitad de cualquier calle, me grita improperios y se esconde. También distingo que en mis sueños, no es agradable. Estoy como Ariel esclavizado. Le pregunto su nombre y me dice: The vomiting viper. Omphale's trouser snake. La amenaza de Calibán... En fin, me hace conocer al rudo Calibán de mi vida real... Ambos ella y él participan en favor de la fatiga y la angustia.

Ya no quiere saber de mí. Se identifica con
La Piruja Pintarrajeada.

«¿Qué te hice? Has cambiado».

«Siempre he sido como soy».


«Beata no eres. ¿Te ofende que te pida amor, sexo, es éso?», le pregunto.

Esta relación ya me duele. Estoy transido, sumido en un mundo dionisíaco de mascarada, igual que el de ella en el teatro, que se supone sea una ficción. Ha preferido inunundar de plañideras, les clauqueurs, todo lugar al que voy y va riéndose de mí cuando me tienen en la piedra sacrificial, en el Círculo de Stennis. Shakespeare y Nietzsche se revolcarían dentro de sus tumbas si se entereran a merced de quiénes yo me encuentro. Los dioses del hormiguero, la gentuza canalla, las flappers y las feministas, que llevan a lo real su escenario.

Doctor, me tenderé en su sofá, como Hércules ante Tespio. No sea usted como un deifobo más, doctor. No me engañe. Estoy frustrado. Mi único delito es insistir.

«Nena, el sexo es expresión de amor».

Se lo contaré todo. Creí que nos reconciliamos.

«Sé que has estado nerviosa. Ese papel en La Tempestad te puso sensible; pero ya acabó la temporada teatral».

Le dije: «Te llevaré a cenar, luego bailamos... luego... un poco de cariño, de sexo».

Y fui en la tarde a buscarla, a inquirir. La ví en el patio como si preparara un barbicue.

«¿Estás lista, Miranda?»

La ví que golpeaba las tres piedras del tecuil, ardientes como estaban, y no sentía ningún dolor. Susurrando como una alofásica invocando a Sycorax. Las tres piedras, las que tiene en el patio, se le cayeron de las manos. Se desplomó y, cuando más clara estaba la noche, cayó una tempestad. Arreció una lluvia y tuvimos que suspender nuestros planes.

Esa noche me voló los sesos.

«¿No ves que llueve?», me dijo como si estuviese enojada.

Me hice ilusión de que, pese a todo, podríamos quedarnos y satisfacer mutuos sentimientos y los míos, más concretos, que son los de la carne, desde luego. No me gusta ni conviene que se hable del amor como algo inefable y celestial, como fuego de Heráclito, porque ambos somos jóvenes y ardientes, supongo. Yo la he esperado. Es un romance de seis o siete años y ya no es una niña.

«¿Me está diciendo vieja?»

«Claro que no.
»

Otros que vendan y compren las entelequias fatuas, los mundos berkelianos y husserlianos. La virginidad. La decencia inefable.

«Tú eres una actriz. He visto tus escenas de besos y pasión».

Yo quiero realidades permanentes y sólidos cuerpos: la dulce bestia. Todavía hay muchos imbéciles que se gozan en seguir la norma que le dictó alguna vieja época cuando el «dulce amor, se pensó crimen». A los más sensuales y creativos amantes, a las parejas ejemplares, como sucediera ayer, también hoy se les olvida, se les oprime, se le ridiculiza. El amor suele manifestarse, sin los aspavimientos y sin las glorias de la comprensión pública y el beneplácito general.

«Pero ya nos toca, Miranda».

Entonces, le dio un ataque de ira. Y la ví. Era la Sirena Maya. Sycorax. Una bruja, envejecida, maldiciente, y me corrió con un hacha de su casa. Y sentí moscas como una tempestad sobre mi cabeza y sus risotadas.

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La fotografía



El falso hedonista es un tlacuilo de Texcoco. El se habrá cansado de comer sus hormigas de miel, sus hojuelas servidas por Tamar. Que San Agustín entregue sus propios güevos sobre dos tortillas, en salsa ranchera, importa poco. La vida del fue inmunda, licenciosa, vulgar. Un día se cansó. Tomó el camino de Dios, de la renuncia total. El tlacuilo es otra cosa. Adornó su insignificancia con una actividad anal. Dejó de sentirse hombre para volverse puto y feminoide. Cambio el placer del pene por el placer de una morronga en su culo. Así que no tuvo lealtad a la poesía del hedonismo y la erótica femenina ya que se amaricó y se hizo parte del rebaño selecto de los solitarios que, sólo en apariencia, desprecian el mundo. El machismo. La crueldad.

Yo no me explico: ¿por qué soy el único que comprendo a Rabelais cuando desmiente al Obispo de Digne? ¿Quién justifica a la «perfecta amiga» en la querelle des femmes y por qué lo hace? Yo soy uno, yo. «Mientras puedas ser Amnón, no seas Absalom». No prefieras al segundo sobre el primero. Peina al oso. No dejes que te coman el mandado. A las mujeres les gusta ir a llorar a Absalom. Les gusta ser su «amiga perfecta», su «hermana perfecta» y su «cómplice ideal», donde ideal significa que para Absalom no habrá cognición sensual, categoría objetiva. En boca de las mujeres, el amor platónico es una conspiración. Yo ni creo en Margarita de Navarra ni creo en el poeta que echa sus loas a las altas cualidades de la mujer que castra al hombre, llámese Moisonneuve o Antoine Héroêt.

Cuando conocí al falso hedonista, tuvimos un tópico motivador. El muchacho salió de sus mundos de silencio y sicosis. Estaba rodeado de universitarias, cultos de Fridah Kahlo y de sus hermanas adolescentes festivas, burlonas, maquiavélicas porque tienen un hermano maricón, que es una hermosura y él las sabe divertir cuando le place. Les enseña su falo por el que no siente el mínimo respeto. Lo habían vestido de mujer para sacar su verdadero Yo, su ser afeminado, escondido en su rostro lindo como el de una chavala y aún su cuerpo delicado dibuja curvas engañosas. A él lo preparan para el cambio de sexo...

Estuve allí con ese hato de burgueses de atrabancado narcisismo. Veíamos fotos que tomaron en la misma tarde, él posaba ya semidesnudo, con sus peluca, claro y las finas negligés... y conversaban sobre variedad de tópicos: «¿Es toda materia viviente?» Mitología de cipreses que lloran a los muertos. Hasta sobre huesos de Mictlan que nunca mueren y el pene de Quetzalcoatl platicó la mayor, estudiante de antropología.

«¿Quién es?», me preguntaron cuando todavía no sabía que el estaba presente.

«¿Quién de esta niñas te gusta más?»

Y lo elegí. No sabía que la adolescente que elegí es el varón de nacimiento. El puto del que una vez ellas me hablaron y que vino de vacaciones a estar con ellas. Y así extendieron el engaño hasta exprimir mis sentimientos, sin dejar uno. Después... sus risas. Mi despiste fue total.

Si bien reconocí algunos aspectos de la casa que visitaba en cada foto, no a él. El travestí.

Y él no habló una palabra, me sonrió con escarnio, porque, pese a lo que he presumido de conocer cada detalle femenino, mi gran sensibilidad de adorar del género, unas fotos delataron mi insuficiencia. Me expusieron a la burla de mis anfitrionas.

El se quitó la peluca y se descubrió el pecho. Tuve que admitirlo ahora que tenía frente a mí a elegido: ¡mi prospectivo cuñado retrata bellamente y es realmento hermoso! ¿Se ha ofendido mi novia por mi equívoco? ¿Por qué hizo este test conspirativo?

En aquellos días que compartía la casa, visita tras visita, esquivé su presencia. Temí sus miradas, los impredictivos detalles de sus entradas y salidas, su altanera belleza, sin palabras. No sé si entiendió que soy un corpóreo machista, sensual, o me pensó algún delirio de su imaginación. El hablaba si le da la gana. No es una loca alharaquienta... Días tuvo de impecable cordialidad, otros, agresivamente silenciosos. Al preguntar algo, al gesto de mi buena voluntad, él calló. Calla por horas. El abre y cierra su mundo, a su capricho. Se va a su alcoba. Regresa. Una vez me dijo cuando pregunté por mi novia: «Tu novia no existe. La borraste de la foto al elegirme».

«Díle que ya bajo, hermano», escuchó que dijo.

De plano, me conmoví con sus nalgas. Reflexioné lo que puede es energúmeno cuando posa coquetamente como mi amada. «Pensé en las nalgas suyas», duras, deseables, tersas... Quizás por esa burla lo odié. En alguna foto, el jovenzuelo, con gorro y calzón frigio, descubriéndose el torso, asume la misma pícara sonrisa que mi enamorada.

¡Pinchi J-O-T-O!

¡Pero no te fíes de la perfecta fraternidad, ni del perfecto conocimiento de ninguna mujer! Ellas derriban los pinos y los almendros. Ni Atis ni Agdistis tienen escapatoria... En vano, busco los restos de la imagen que me dejó la foto en la memoria. Naufrago en la pesadilla del engaño. La burla de seis o siete mujeres burlonas. Sueño con torsos de mármol cubiertos de gusanos. Sueño con la tempestad que destroza la casa, el jardín, la alcoba de mi enamorada, donde él posó como la ninfa Sagaritis.

Necesito ver la fotografía otra vez. Esta vez a solas, sin ella, porque sueño que miro, como a través de los ojos de un perro, herido y hambriento, que observa las escenas desde su incoloro qualia.

De espaldas a mi conducta externa, acosado por una más abstracta y confusa versión de causalidad y conducta predictiva, me desespero. Me hundo. Quiero asegurarme que esa foto no me condena. Qiuiero que sea destrozada ante mis ojos, porque a él no puedo culparlo de nada.

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La castradora y su cómplice


Desde hace dos semanas, una brigada de obreros corta los árboles de pino que están frente a la casa de mi antigua novia. Años atrás, ella adoró la sombra, el olor y la grandeza del pinar. ¿Habrá cambiado tanto? Eché de menos el almendro, bendito entre los pinos. Fue lo primero que talaron. Pregunté a los obreros por qué tanta siega. Fue imposible que pasara de largo ante un patio que fue el marco para mi gran esperanza: su amor. Mas no pasé por verla. Había decidido que la olvidaría. Me detuve a husmear porque cortaron el almendro.

Ella llegó a colgarse de una rama del almendro. Se mecía con sus brazos extendidos, aferrada al penacho, y yo descaradamente le miraba al vuelo las nalgas. Por desgracia, comprobé que está tan hermosa como cuando la conocí. Quizás mucho más. Me escondí tras uno de los pinos que todavía no habían derribado. Y la ví que se alejó.

¡Ahora tiene su propio coche! Esta vez no hubo quien extendiera los brazos, agarrada de una rama, o se lanzara a los míos de tanto sentise niña y amada. ¡Yo sí la amé! ¡Con toda la estupidez desinteresada y el fuerte deseo que conforma el amor!

Desde que se murió su madrastra, ella y sus hermanas querrán cambiar muchas cosas. Observé que el jardín es más amplio. Hay una fuente de piedra labrada que no había visto antes. Instalarán cuatro torsos femeninos alrededor de la misma, torsos desnudos en mármol que serán las versiones de aquellos que Mateo Inurria hizo para el abuelo de la viejaa... Estuve tentado de entrar a la casa. Ví al viejo don Lucas, el mayordomo. Conmigo fue siempre cordial. De hecho, supongo que la idea de ubicar los torsos de Inurria alrededor de la fuente fue suya. Caminé hasta el pino más cercano que da sombra al balconcillo de la entrada y observé un arrieral sobre el tronco: ¡aquellas hormigotas, o tal vez una hilera de huitzileras, arriaban una mirringa, imposible saber qué porquería fue, pero sentí, reguácalas, mucho asco! Quise huir del jardín. Pudo más que el deseo de ver mi novia.

Todavía vive con ellas alguien que usted conoce, mogrollo peor que las hormigas, sólo que se cree un tepaneca de Acolhuacan. A él, no miento, lo ví comer las huitzileras varias veces. Seguro que se talan los pinos para quitar los hormigueros, eliminar las sabandijas y evitar que él se trague tales bichos... Si cometó ciertos erreurs amoureses con ella, él es culpable. No pudimos congeniar. Lo odiaba; sí... Y cada día fue más.

En el jardín, tuve una rara experiencia. Sin aparente causa objetiva, por el momento... Al pasar por el lado de un pino que los obreros golpeaban con sus hachas, percibí unos gritos horribles, tanto así que me detuve de golpe, con espanto y me torcí el tobillo. Huí de allí. Los gritos... ¡yo sé, yo sé! ... fueron imaginarios. El fingido tepaneca está vivo y con muy pocas ganas de morirse. Los miserables tienen suerte. Son intocables. El es uno de ellos. Con el pretexto de su enfermedad, dizque mortal, un cáncer terminal, fue absorbiendo la atención de mi novia. El la quería, casi incestuosamente, y dijo que me la quitaría aún después de muerto.

Recibió más comprensión y benevolencia que la que merece. ¡Yo sé! Y fíjese cómo llora desde la muerte. Supe que lo enterraron, pero escuché su llanto. Bueno, improbable sería que el alarido provenga de su boca. El está muerto. Quiero creer que sí lo está. Mas con cada hachazo, hiriendo al al árbol, su grito. Como si cumpliera la amenaza... Los árboles no sufren... Sin embargo, fuí yo quien, como parte de alguna discusión con él, dije: «Atis se transformó en pino». ¡Ay, Segaritis, clávate aquí!... Me burlé por asco a su amaricada espiritualidad, porque suerte tenía de absorber la atención de ella desde su mariconería. Le dijo: «No te cases con un macho como ese novio tuyo, porque apresuras mi muerte».

Me aburrí de sus consejas, sus delirios y sus discursos morales. Expuse mis ironías en torno al «divino Atis» en cada ocasión que le pude mortificar. Ni modo: nunca lo tragué. Para mí, él fue un tipo fundamental del eunuco, bloqueándome para que mi novia me dejara. Y por eso, me desbordé con las ironías hasta la vulgaridad. No se salvó ni el pino ni el almendro.

Una vez que forjé mis metáforas hilozoístas, me hallo como ahora creyéndolas y... fue su burla cínica ahora que no está.

Fui yo quien dije que un oso extirpó los genitales de Atis. Un oso hormiguero que buscó a un jovenzuelo insolente y amaricado como él.

«¿Cree que decir éso a un niño enfermo es gracioso?», me reprochó ella.

Discutí el por qué ciertas mujeres se divierten con el tema de nuestros güevos. Con el pene. Y es que siempre hay un pendejo convertido en la bellota del almendro y una chamaca que se cuelga del penacho y se mece. Les aludí. A mi novia por dejarse ver sus lindas nalgas por él, siempre pendiente de sus mecidas, como yo.

Se ha ordenado: «Corten el almendro». Fue ella para no recordar ni a él ni a mí. A la sombra del almendro, me dediqué a filosofar como un cirenaico. Me negué a creer que ella es una flapper. ¿Por qué tapar el cielo con la mano? Lo es. Y yo seguí siendo un filósofo cirenaico. ¡Y ella, una castradora cibeliana!

Cuando regresé al hotel, me sentí literalmente castrado.

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Tuesday, March 24, 2009

Donde los dioses mueren

a mi exprofesor Dr. Germán Delgado Pasapera

La estancia más grande en el territorio de la Costa Oeste, que bordea el camino hacia la islita sureña de La Mona, es la de Don Luis de Añasco. De Santo Domingo, según informó ya, viene el hermano de Jacome Castellón, el genovés. Y, por tal razón, Luis de Añasco calcula que pronto se sembrará caña y se traerán cientos de esclavos. Jacome y Miguel de Castellón han enriquecido y, siendo genoveses, sabe de ingenios de caña azúcar y de cómo disciplinar a los esclavos.

«Este es el sueño que me confiaron Miguel de Toro y los Sotomayores. Una villa cristiana en Porto Rico y ese puñado de indios bautizados, del mayor al menor», recuerdan para beneficio de Añasco para que se informe a Juan Ponce y luego a Nicolás Ovando, cualquiera que, pese a rencillas, se quiera primero.

«Tal vez no sea mi generación la que pueda con los indios perezosos. Con el indio no se puede contar, aunque con amagos de amistad se distancía». Se pasan reunidos en el Chorro de Agua Encantada, invocando a Humata, hija de su antiguo cacique. Creen en talismanes de buena suerte y en cemíes-espíritus... se niegan a aparearse entre sus mismos grupos y sus mujeres no quieren parir y alegan que hay espionaje de jigües. «Cuando pueden, se escapan a las islillas del Oeste o a Cuevas que aún no conocemos»... Para el blanco de las Canarias o los andaluces, que es población exigua en la región que se llama Yagüeca, los indígenas no trabajarán ni menos con azotes. «Hará falta que vengan Franciscanos, tal vez sea error nuestro», se quejaría Luis.

El fabrica un licorcillo pintorrero y que, siendo liquipálido, ataranta y, así cura las tensiones. Se turnan para beberlo y temen ofrecerlo a la indiada. «Enardecerlos con licor, no. No son tontos. Mucha es la bellaquería de sus silencios». Asegura que los taínos, con sus bohiques y curanderos, hechizan con la mirada y quitan la virilidad aún de los mozos, aún de los ardientes y lujuriosos como Salcedo. «Aún de los negros», se alarmaría.

Lo que no se imagina es que Diego de Salcedo está en la mirilla de la indiada y el Cacique Urayoán pide que se le vigile. Es obvio que a Diego le gusta sentirse tratado con distinciones, pese a que es déspota y se pasea a caballo, cuando no está bebido. Lo hace tranquilamente porque, como dicen algunos indios, parece un dios. Es más vanidoso que el Capitán Gobernador, Juan Ponce.

Diego de Salcedo espía a las indias cuando se bañan en los manantiales. Y muchas de esas niñas hermosas, con su pelo negro y largo, su piel bronceada y suave, sus bocas dulces con dientes blanquísimos como pulpa de coco, le miran como a esos gachupines que hablan tan distinto a ellos, grito tras grito, como si la vida fuese un enojo y un permanente desprecio por los otros. Tiemblan cuando le ven. El trata de ser amable, por procurarse sexo, pero inspira miedo. Eso es parte de los atributos divinos. Codicia e ira indiscriminada para los indios, caribes pardos y negros.

Sólo, en apariencia, Urayoán tolera a Salcedo. Estudia con interés la casa que Luis de Añasco construyó, sirviéndose de siervos africanos. Resiste las tormentas. Curiosea si el negro es orgulloso como su tribu valiente de taínos. Ni los caribes, en su negrez, se comparan siendo tan fuertes. El Gran Cacique de Borinken, Aguaybaná, le dijo: «Tén la paciencia necesaria para atacar su altea y evitar que edifiquen; ellos no tienen paciencia; pero sus armas son superiores a las nuestras. Matan con fuego; pero el agua obedece, si es mágica... Y por eso Yagüeca será lugar de sangre. Veo sangre sobre los mares y piratas nuevos, con otros lenguajes».

Entendía, sin haberlo visto cumplirse, que el Gran Cacique profetizaba sobre los corsarios que vendrían en años los 1528, en mayo de 1538 y 1554. Y que aúm los caribes aterrorizarían la villa que mudaron al sur en colinas a las orillas del río Guanajibo.

Desde que llegaron, con Ponce de León, sin embargo, el cacique ha desconfiado y visto con sus ojos cuán crueles son los guamikenas y gachupines cuando beben y discuten, cuando se invaden y se juran odios, de siglo en siglo.

Mucha de la información que Mabodamaca y Agueybaná recaudan viene de lo que se oye en Santo Domingo. Allá se queman las edificaciones que el gachupín edifica. El indio lo hace; pero muchas veces el blanco para forjar pretextos de matanzas y fingir heroísmos que pueden utilizarse para decirse negligentes, incompetentes, o insurbordinados a la autoridad de alguno. Se pelean entre sí. Todavía no han cambiado el nombre al lugar que ahora tienen y siguen porfiando que éste el Sitio del Yagüeca, bajo la autoridad de una Reina.

«La codicia es enorme; pero la Villa de Sotomayor no prosperará», concluye Agueybaná. Ha instruído a Urayoán, uno de sus guerreros, que ejercite, su sangre caribe y guerrera en las venas, oliscando el ser mortal de los invasores. No son como Yocahú. No son dioses.

Inmortal es, como se piensa ahora, una hija del Cacique, recién fallecido en el Guaorabo. La tribu entera avizoró que la bella indígena, enamorada de Dagüey, su amante traidor y mentiroso, emergió entre las aguas y mientras se alisaba su pelo con un peine de concha levitaba sobre el río. La traición y el desengaño le dañaron la alegría porque su corazón, al despedazarse se volvía germen para enormes pedruzcos y sus lágrimas, demasiado abundantes, formaron la cascada. Con el corazón roto en mil pedazos, fluyen y se asienta en el fondo gránulos de piedras a montonales. Antes no había una cascada sobre el Guaorabo. Desde que ella, visita en vestimenta de inmortalidad, año tras año, el lugar de su primera aparición, el Chorro crece. Se le oye su gemido y cómo conversa con Yocahú, el Inmortal.

Urayoán dijo, un día de 1510, «ya sé cuál ha de ser el lugar donde los dioses mueren». Y mandó a seguir la pista de Salcedo por última vez. Utilizó a vírgenes taínas que tentaran su mirada, cruzándole el paso, induciéndolo a los atajos, en aras de sexo, y aprovechó a uno que otro indio, de los más fornidos, que se unieran a la asechanza del remate final, porque no precisamente pensaba él ir al Río Guaorabo ese domingo.

Allí, en medio de las aguas, por seguir a una de las doncellas, se metió. Cayó en la trampa y se aseguraron que se ahogara. Por siete lunas y siete soles lo observaron para que no resucitase ni escapara a nados, si así fuera. Al fin, con tambores de guasábara, verificaron su muerte y sucesivamente declararon la guerra.

«¡No son dioses, no son dioses!», fue un canto de alegría; pero las tribus lucharon hasta la muerte hasta que no quedó ni blanco ni indígena en el Valle del Yagüeca.

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Saturday, March 21, 2009

El hombre que buscaba el alma


A Paolo Sarpi (1552 – 1623)

La verdadera soledad lo convenció de que el alma es una piedra que se quiebra, o un agujero al que la gente se asoma y se atreve a escupir. Gente que dijo, por Dios que te amo, daba la espalda a sus juramentos y lo hostigaba. Se aficionaron a la inmundicia de sí mismos y la ocultaban bajo la sotana, no amaban al prójimo. Y podían hacer todo el daño que desearan con disimulo de bondad y de cielos inefables.

Paolo fue más práctico. El dios / alma / cielo inefable que ansiaba / no se riñó con el anhelo de una Patria humana. Y la patria celestial, Sión de lo Alto que alardearon muchos en Roma, se convirtió, con sus meditaciones, en fe de que hay principios generales que la explican y tales principios pertenecen a la Física, tal como la entiende Kepler, Cusa y otros pocos que, queriendo leer, Paolo Sarpi no pudo por causa de censura: «Que la Iglesia, como institución, es la Patria, Fra Servite, y la Puerta del Cielo, el alma».

Un teólogo de alma podrida, que no sabe qué es el alma, ha dicho que el alma es «el aliento de Dios». Alardea con tal metáfora. Sea lo que sea, hay que darla por sentada. A Dios no se le pide cuentas de lo que haya hecho. Fra Paolo lo llama «el acusador» y persona a quien conoció muchísimo antes de la muerte de Clemente VIII en marzo. El acusador urdió su asesinato, tal vez para esa misma noche, y ahora se atrevía rebatirle que el concepto del tiempo físico pudiera ser distinto al tiempo del reloj. A él la eternidad le parece imposible, Dios mata primero, después regala moradas santas y eternas, al que se porta bien. Dios no quiere que nadie sepa qué es el alma.

Fra Paolo Sarpi, el Servite, opina diferente. Confiere al alma cierta presencia física, como quien busca un crisol infinito en la existencia terrenal. «Aún el alma biológica tiene un sentido. Dios se siente halagado de que sepamos el sentido y belleza de lo que El creó»

«Sólo la oración mantiene el aliento de Dios, que es el alma que nos importa; a esa alma biológica que enaltece usted, a la Iglesia está concedido que se reviente. No investigue alma alguna. No defina. No consulte demonios. No busque las explicaciones que ofrece la ciencia vanidosa, se lo advierto, porque a la Iglesia fue dada la potestad de reventar esos brotes de soberbia».


La palabra reventar en su boca es lo que más le desagrada. Y es por eso que Sarpi piensa que es grosero.

Y Clemente creyó que su inquisidor es pío, que es bueno, no la hiena que es. Quizás, medita Paolo Sarpi, es mal sicólogo o no es tan tolerante como se le instruyó que fuera, sólo basado en la fe. Llegó a decir a Clemente: «A usted y a mí se nos quiere matar y no es precisamente algún representabnte del bando de Venecia. Usted defiende al enemigo que se acomodó en su sombra... y hablaré claro y sin miedo para definir el peligro en que estamos y la antipatía que ese hombre y sus aliados nos tiene, al ponderar el problema. Yo daré sus nombres, si me escuchara».

«No, Fra Paolo».


Clemente exigió el silencio y, entonces, Paolo replicó: «Yo no lo puedo perdonar».

Simplemente, al peón de llevanzas de Paulo, es quien más escupe sobre él y el que tiene propósitos homicidas. Entonces, como precaución, admitió la protección del Senado de Venecia y oró por el Papa.

Este enemigo acecha. A sus víctimas las sataniza primero y hace que el Papado allane el camino de sus ejecuciones. Es el inquisidor por excelencia. Fra Servite quedó memorizado ante el Papa Clemente por su severo expediente de monje sancionado. Por consiguiente, el Prelado piensa que las preocupaciones del hermano Sarpi son raíces de amargura: culpas ocultas. No en balde dijo que no perdona.

«Eres hablantín y reacio».

Asegura que Sarpi es rencoroso. Empero, le reconoce sus dotes de oratoria. Es brillante en todo: astronomía, fisiología, derecho... Esto no evitará que lo conduzcan al jalón de orejas. Posiblemente, con el tiempo, a la excomunión, a la hoguera.

«¿Y ahora de qué te has quejado?», preguntó Paolo a su verdugo. De alguna simpleza, de seguro... porque forma sus tormentas en un vaso de agua. Agita una mínima burbujita y vea el maremagnum.

«Mencionaste a Gerson y Bellarmine y ésto, como parte del profesorado, aquí es herejía».
«Sí. Hay que mencionar lo que existe, por lo menos. No meter la cabeza en un agujero para decir: Gerson y Bellarmine no existen. Con mi boca dí razón de ellos», se justifica.

«El religioso es un siervo que calla».

«No. El religioso es un propietario de libertad y combate el mal con ella»,
insiste Sarpi.

Recuerda el día que aludió a su padre, Francesco, de San Vito. Mediocre aprendiz de negocios. Fue el inicio de un propósito de envidia que crecería con faenas para desmoralizarlo día a día. «Y es que el padre tiene cepa de pirata calvatrueno, de mercachifle venido a menos»; no vio disposición de que Francesco dotara a la iglesia de ingresos. No fue la actitud tampoco de su tío, el monje. No lo quería ni de monaguillo en la iglesia de San Vito.

Jjuzgó que, desde pubertario, Paolo es suspicaz y desafiante. «Se cree más listo que lo que es». Pietro había dicho: «Estudiaré con ahinco», aseguró. Se cambió su nombre a Paolo.

«Te falta humildad», le dijo.

Hablaba con amor sobre Venecia, acerca de cada una de las islitas del archipiélago. El nuncio hostigador, al oirlo hablar así, lo miró como a zorro de pantanos. Se imaginó a un futuro demagogo o mercanchifle sobre una góndola que navega sus peligros. Este tentará el Demonio, a los diablos del poder y sus fantasmas. «Reventaré tus ínfulas, Paolo». En aquel tiempo: ser venciano fue como ser islámico o usurero judaico. Con ese escrúpulo lo juzgaba.
Recuerda el día el Papa Clemente bajó los humos a ambos. «Basta de agresividad disfrazada de consejos» y de él dijo: «No molestes a Pietro. Es un sacerdote bueno». Y fue el comienzo.

2.

A mi regreso a Venecia en 1588, ninguno como él me arrebató la abundancia sublime, aquella paz y humildad de mis días en el noviciado. El entusiasmo con que me acerqué, con mi tío a la diestra, para entrar a la Orden Siervos de María. Yo sí fui sincero, pero hallé la piedra de tropiezo. El me obsequió, sistemáticamente, su hostilidad.

«Te voy a reventar, ya verás», me dijo.

Lo expuse ante el Papa como el hostigador y en represalia se me dejó incomunicado, prácticamente, por orden del Santo Oficio, en una apartada casa de Arcetri, en las afueras de Florencia. Defendí las nociones copernicanas, hablé con pasión de lentes de espionaje, aquellos ojos telescópicos, y habían pasado diez años de que mi hostigador intentara mi homicidio.

Para 1616, todavía insistía en que no debo mencionar ciertos hechos o ciertas gentes. Nombrarlos es como fornicar con el Demonio, o traer baales a la Casa de Dios... Nicolás de Cusa, hombre inspirador, se ha vuelto sed en mi boca. Lo necesito, inquiero sobre él y lo retiran de mí como si fuese una plaga. Y él pregunta: «¿Qué demonio tienes ahora en el alma?» ... porque es la Oreja que informa toda Transgresión. El Nuncio de la farsa, el Gran Inquisidor.

El día era esopecial. Trajo la carta papal. Pidió que fuera él quien me la diera personalmente. «Exijo la sumisión de los venecianos». Que renunciara al Tribunal de los Diez, que dejara sin asesoría en Derecho Sagrado al Senado de Venecia. Y él sabía que yo diría que no.

Como si se supiera por oído mis pisadas y leyera mis oraciones, o si soy capaz de maldecirlo y lo hago, fue el primero en llamarme apóstata, el Monje maldito. El urdió, a la muerte de Clemente, que Paulo se entronizara en Roma. Fue su compinche de siempre, el peor entre los Vicarios que conocería y, como enemigo, el Inquisidor sería un perro faldero, ahora con protección papal, sin condiciones. El acusador de los hermanos me daría su odio por entero, y yo bajo mis sotanas, reciprocaría.

Y en la noche del 5 de octubre de 1607, me atacó. Los cuchilleros de Roma supieron que dije que no renunciaré a las buenas cosas que aprendí en el monasterio y estaré hasta el último de mis días en la Iglesia, en la que está hecha de justicia y libertad. Si la Iglesia es para siervos en cadena, en vano habría de morir Jesús como el Ungido. En vano, los ángeles delante de María. En vano el tiempo físico, preconizado por Nicolás de Cusa, corre diferente al tiempo del reloj humano.

Recuerdo mis estudios. Los desvelos. Mis primeros libros. Mis debates. Girolamo Fabrici d'Acquapendente me llamó Oráculo del siglo y diserté, ante el Duque de Mantúa, sobre cómo la decadencia de Venecia tuvo su origen en la toma de Constantinopla por los turcos en 1453. Se descubrió, por igual, un nuevo mundo y se desplazaron las corrientes comerciales. Los viajes de Colombo fueron un giro de necesaria mano a la Rueda de Dios, el Señor Tiempo y el Kairós divino. Recuerdo toda mi vida, sin miedo de morir, sin arrepentirme de nada. Estoy herido, mal herido en una cama de hospital.

3.

Se acabó el apogeo, el control del comercio con Oriente, la grandeza que la región veneciana tuvo. Vino, tenía que venir, una lucha y la amenaza y la necesidad de pensar sobre un Dios que apiada de las miserias, que es el Dios de todos, el puede entender el hombres desde el tiempo del reloj, aunque no busque el alma y su fe sea sencilla...

Venecia, en algún momento, se alió con los francos contra los lombardos, se alió con el Imperio Bizantino contra los normandos. E hizo tolerancia y benevolencia con el Islam y se pudo sobrevivir y prosperar, aún cuando el Imperio Bizantino se pusiera en guerra con los árabes, porque se entendía este giro y Paulo V no estaba allí como un agente retardario.

«¿Por qué tu dios, perseguidor, siembra tanto rencor por la humanidad del planeta? Tú ni entiendes al Dios de Cardenal de Cusa ni al dios relojero de los venecianos... ¿Por qué no han de volver las naves de Venecia a Alejandría, Beirut y Jaffa, por qué no una República que también piense en los hambrientos y haraposos en vez de pensarse sólo en construir imponentes catedrales y adquirir prebendas de reyezuelos corruptos y monjes beodos y lujuriosos?»

«Dígame, ¿usted seguiría lo dictado por el Concilio Trento?»

«Yo sí»,
dije.

«Usted mencionó, Fra Servite, amor y benevolencia para el árabe, ¿qué objeto tiene eso? Son enemigos de la fe y de la Orden de los Siervos de María. Ahora es el Cisma lo que debe preocuparnos. La herejía protestante, Fra Servite».

4.

El mandato del Papa Pío IV, terminado el Concilio de Trento, me importó más que todo lo que el Nuncio me alegara y debatiera. Explica mi poco interés en los obispados, pero soy sincero. La enseñanza me ha llamado mucho más la atención, más que las leyes y las matemáticas. «Las matemáticas son el Libro del Arbol de la Ciencia del Bien y del Mal que fue prohibido».

«Pues incluye, por igual, la Historia del Concilio de Trento y mis escritos sobre ciencia experimental en el Indice de Libros Prohibidos... si se me exhorta a no leer a Cusa y sobre su interés por la música de las esferas y los soles cósmicos, si la amistad de Cusa con Vicenzo Galileo es tan reprochable como la mía con su hijo, me temo que prohibir las ideas de Galileo, confiscar su telescopio, también será conveniente a su mentalidad; pero a mí no me cuesta elogiarlo, seguiré haciéndolo y no comprendo cómo usted, cómplice de asesinos, no pidió a la Iglesia por mí el auxilio económico durante mi convalescenia. Los dolores en la cruz de mis cuchilladas no han sido pagados por Roma», mencioné.

El Gobierno de Venecia no me dejará morir ni alegaró que soy un protestante. Un hereje. Un apóstata.

5.

«Su vanidad no ha sido todavía reventada».

«Un poco más y lo logran. El Gobierno Terrenal está siendo conmigo más misericordioso que la Curia Católico-Romana, ¿no es una vergüenza para su jefe Paulo V?», enfatizo.

El mismo interés sincero y razonable que le conocí al Papa Pío IV yo lo profeso: el deber de condiciones éticas intachables. Emtre los papas que conocí, tres de ellos, Pío fue el mejor, el más sabio y quien se interesó en crear seminarios especializados para la formación de los sacerdotes y confirmó la exigencia del celibato clerical. Los obispos no podrían acumular beneficios y deberían residir en su diócesis.

Recuerdo 17 años de vela, de lectura, quemando mis pestañas hasta altas horas de la noche, antes de que se me diera la oportunidad de ser Veedor episcopal de la República de Venecia y terminar este libro. Estoy orgulloso de mi Istoria del Concilio Tridentino. No es polémica con la Curia o indisponerme con Paulo ni sus perros falderos lo que me satisface... limpio el templo. Humildemente, Pietro Soave o Polano lo hace; que lo informe por mí, yo doy la mente y mi fervor. El da el cuerpo como libro. No es éste sino un recurso de limpieza, no apostasía, desde Londres... en el fondo, ¿por qué estudio así? ... sino por una viva investigación del alma. Este es un deseo no mezquino; pero, Paulo quiere quitarme la vida. Antes fue sólo oponer su inquisidor ante mí.

Uno estudia porque el alma te desafía a que la busques. No es tan obvia como decir, la tengo y con ella hago lo que plazca. Es un pabilo encendido, trapo asfosforado en el interior del encéfalo. El alma es un candil en el trayecto del Puente de Varolio... mentira que yo haya dicho éso, que salga una máxima de escarnio. Mentira que sea intermediario de intereses anglos.

«Quieres una subvertir la religión católica y hacer de Venecia una república protestante y no te dejaré, porque primero...»

6.

El 5 de octubre, quienes me atacaron me dejaron por muerto. Sobreviví al estilo de sus feas faenas para herir y asaltar a quien no lo espera, homicidas de oficio. El cirujano dijo: Agnosco stylum Curiae Romanae, y le dije: «Lo sé y el Papa Paulo V, algún grado de complicidad contrajo en el empeño de matarme».

Cuando no estuve en mis estudios, sí... hasta de mala gana, intervenía en disputas de la comunidad. Disputas que siempre nacen del miedo que tiene la gente a ser libre, o a tolerar. La gente dependiente y maliciosa crea rencillas para llamar la atención. El que está ocupado, con los asuntos de la libertad y su quehacer de justicia, no molesta a nadie. Pero intervine. Que no sean las rencillas estúpidas como madejas sin fin.

En verdad, en 1601, el Senado de Venecia, quizás por darme algún dinerillo que ni necesité ni pedí, me recomendó para una ocupar un obispado en Caorle. «Es una aldea pequeña y no te quitará tiempo», me dijeron.

Yo hablé de la búsqueda del alma; no de dinero o de cosas mundanales; pero enemigos no faltan. Entonces, ví que los enemigos los tuve en las Nunciaturas. Hablar sobre espejos y telescopios significó: Mirarte a tí mismo, porque Dios no es suficiente; mirarte con incredulidad, ¿acaso se pide con ello la ayuda del demonio, ser tentado? Y el telescopio: invenciones de los demonios, ateos, pecadores... para espiar al prójimo, en aras de satisfacer vanidad y concupiscencia...

«La ciencia sería tan dañina como dice en sus manos, no en las mías», contesté. Arguyó que no debo hablar a nadie, ni escribir siquiera, a riesgo de que, como hereje, sea ún hostil a la Iglesia que lo que soy. A su juicio, camino en cercanía de ellos, los cismáticos, doy íntimas palabras a los protestantes, visito sus casas y los hago participar de la misa.

«Pero aún no te hemos reventado», dijo.

Venecia a que vine me conoce. Me aclamó. La Curia Romana es la que me juzga enemigo y apóstata. El, sobre todo. Muchos amigos me nominan para representar la Iglesia en Milopotamo, Caorle, Nona en Dalmacia. Son los honestos. Sin embargo, Roma parece el corazón de Jezabel. Me aísla, desata su desprecio. Es que se ha declarado ell' interdetto.

Entonces, ellos condenan a los herejes. Acosan. Yo los estudio a fin de ver la bondad de sus interpretaciones. Conversar no me hace hereje, en ese sentido despectivo. No soy un religioso comido por el miedo, aunque la Curia Romana no entienda mi actitud. Todavía, como el primer día en la Orden, intento redescubrir mi alma y sé que está atraída por herejes, de quienes no entiendo por qué han de ser despreciados con esa saña. El poder de Roma.

Aprovecharía mi tiempo libre para escribir una historia de los Papas y una historia del Concilio de Trento.

Herejes: hereje ese pillaje y ese cáfila de monjes usureros que no quieren otra ley que sus complicidades. En años sucesivos, tras mi regreso, hice claro que no se prohibirá que seleccione a mis amigos, ni espíritu ni de carne.

Y el nuncio papal (de muchos que conocí y me envidian y prefieren que se me vea la cara, que el que yo esté en soledad meditativa) y había uno, que el obispado lo anhelaba para unode su protégé, que no soy yo.

Entonces, me acusó de ser un perverso veneciano y dijo:

Sarpi niega la inmortalidad del alma. Duda de la sabiduría de Aristótoles. Con la fe en extravío se hace de extraños pensamientos. Sarpi es un hereje consumado. No conviene que intervenga en ningún obispado, grande o pequeño. Ese silencio suyo es aparente. Hilvana algún programa con el Senado de Venecia. Tiene amigos en el Concilio de Trento. Es un fantasma maligno en la Costa del Mediterráneo.

Y las sectores financieros del Diablo mueven sus recursos hacia el Norte, a bastiones marítimos, donde los herejes urden planes contra la Iglesia... Prefiere el libro de oraciones de los ingleses, pero no acaba de declararse anglicano. De Lutero habla como si fuese un delincuente. A los calvinistas lo enumera entre los fanáticos y es difícil que Fra Sarpi se vea cómodo entre protestantes, aunque en muchos detalles lo es.

«Quédese con el obispado. Dígale a Clemente Octavo que mi hábito santo no tiene culpa de lo que pienso, sino las bocas como la suya», lo confrontó.

«Usted, hermano Paolo, no quiere darse cuenta que estos tiempos son difíciles. Que los Habsburgo son los enemigos».

«¿Quién no es un enemigo para usted? Para mí, el enemigo es la usura y la ignorancia».

«Sabemos que usted, hermano: odia a Roma, la Inquisición... lee a Johannes Kepler... y a los escépticos, a herederos de Tácito, Michel de Montaigne, Pierre Charron. Fra Paolo, usted lee de malas tradiciones y su interés en la política se inclina a la República, no a la Iglesia. Y mucha de la violencia que usted observa, en desobediencia a Roma y la Santa Madre Iglesia, es influjo activo de solitarios y eruditos, vínculados a personalidades sospechosas. Sepa que los viejos Imperios de Oriente utilizaron a sus sabios. Y el método del imperio Romano, tal como lo ejercieron los paganos y los piratas templarios, provocaría, no sólo confusión, escaramuzas, codicias por poder, que a nada santo invocan. La usura veneciana compromete la Iglesia en toda Europa y quien defiende la usura es partidario de los Habsburgo».

Entiende lo dicho, pero le sacan en cara su poca fe en la misa, oficia muy pocas veces y lo evita cuando es posible. No quiere que se ventile esta cuestión como si dudara de la validez de una y cada una de las normas papales. Según se agudiza la crisis de los territorios italianos, se le pone entre la espada y la pared. El riesgo de traicionar la causa de Venecia, en la que cree, es distinto a esos detalles por lo que lo hastían. ¿Cuántas misas oficia a la semana? ¿Cuántas veces ésto o lo otro?

7.

Fra Sarpi algún tipo de alma prefiere para sí. No la complicada. No el alma llena de simonía y ambición material. Alma tan típica de aquella Venecia que entró en conflicto con el Papado, por causa de lo mismo, la injusta acusación. «Usted complica la vida, Servite».

Sarpi defendía las tesis que se aplicaron en Venecia: los tribunales seculares pueden entenderse con ofensas que los sacerdotes llevan practicando contra las leyes de la ciudad y hay que prohibir que se funde iglesias hasta debajo de las piedras.

«Esas congregaciones viven a costilla de la fe de los bobos, recogiendo limosnas para curas corruptos y mujeriegos». Y ni siquiera piden el consentimiento de la Ciudad y los curas adquieren propiedad, lucran en privado y se escudan en su membresía a institución, no punible en el entero territorio de la república. En 1606, se demandó la sumisión incondicional de los venecianos. Y se preguntó al hereje Servita: ¿con quien está?, si con los sumisos y los insurrectos. Y dijo que estaba con los que «buscan el alma». Con los que fueron huérfanos y siempre se sintieron solos; Paolo, hijo de comerciante, vive entre libros, come poco, estudia mucho, se interesa en las ciencias, en los idiomas, en las tecnologías. A veces, es cierto, se olvida de orar mucho, aunque a Dios lo ve en todo.

Es injusto que le digan: hereje, malcreyente, hipócrita. QuIere al pueblo, a los pobres, a los niños. Es todo. Las pupilas de los niños le han permitido una observación que tiene rango de postulado científico: «El iris se contrae». Los niños han visto que traza fórmulas matemáticas, dibuja símbolos que no son las letras que conocen. Dirán que vivir tan fastiadiado y sólo lo enloquece; pero, otros colegas del curato no le dado ni el respeto intelectual que merece y no son niños ignorantes. Son los presuntos doctos.

Para consuelo propio, habla sobre cristales bruñidos y telescopios como el que está perfeccionando Galileo. Para él, que Harvey reclame ser el descubridor de la fisiología de la circulación cardíaca o de la sangre en las venas es cosa de un memorandum, deshonestidad y robo. «La gente no respeta el conocimiento. No respeta a Dios».

Afirman que se ha vuelto un ateo filósofico. Alguien peligroso como Bacon. Y él sólo dice que busca el alma y que Dios lo agradece. Dios no es tonto.

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Thursday, March 05, 2009

Y lo tragó un gran pez...




a Jonah Goldberg
Parte ahora mismo para Nínive, la gran ciudad, y anúnciale el mensaje que yo te indicaré: Jonás 1-10


A Jonás, verga de oro y profeta, está a punto de tragarlo una ballena. Se le dieron órdenes precisas: «Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida» para que las dijera en las calles de la Gran Ciudad. Y siente vergüenza porque es como ir a decir lo que, al parecer, se interpreta injusto. Los ninivenses, en su mayoría, son buenos ciudadanos. Gente que obedece.

Además, los ojos de Jonás se han enaltecido porque, según ha ido paseándose por las grandes ciudades, y se entretiene. Todo lo que observa es tan atractivo: hembras hermosas, esposas de fachos, y cada facha es apetecible y no andan en fachas porque abundan las grandes tiendas, ámbitos tecnológicos, supermercados, parques, jardines, con limpieza conmovedora, congales de entretención. Y no ve moros con trinchete, ni corazones que hagan planes perversos. Los planes que hace el mundo, en la grosura de esta realidad, son buenos. Jonás, quien niega que el liderazgo de la dirigencia regional haya puesto sus pies para correr y hacer lo malo, le explica a su corazón de profeta: «Que el mundo se ha movido a la redención: el liberalismo fascista».

Jonás, espía del Cielo, teja abajo, redefinió en su encuentro con la Autoridad Cósmica que le dio Verga de Oro, espíritu entre los iniciados, que desde 1930 esta Tierra bendita, llamada el Norte de los justos, hilvana por influencia de Nínive el liberalismo, o progresivismo, o civismo progresista... ¡ay, no sé cómo llamarlo! que a él le encanta. El mundo se está comunicando al fin. Como Jonás es hombre bueno y confiado, no cree que haya lenguas que mientan ni testigos falsos, hijos de putas, idóneos para que esparzan mentiras y, peor aún, induzcan la discordia entre hermanos. «Tranquilízate, jefe. Aquí en Ní ni Veas todo está bajo control».

La Autoridad que bendice a Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt ha instruído a Jonás que abra muy bien los ojos y los oídos porque los fascistas originales están en la izquierda, en el Otro Lado. «They are really on the left». Dice que no son los auténticos liberales, sino tal cual las jezabeles dolátricas. Hillary Clinton, con los baales de Hitler y Mussolini en los templos de sus corazones, es una de ellas.

Y, por cuanto Hashem es celoso, protector de la secreta historia y el plan suyo para el mundo, ha dicho: Destruiré el lugar del que me dices: No. Ni ni veas. [Jonás que se escondía no sabía que que Nínive es el engañoso clamor de NI NI VEAS].

Es que Jonás vio las alemanotas y las diez güilas de Il Duce. Una que se llama Margarita, pionera judía entre las fachas, amante mussolinita, lo hechizó. Anda con ella para arriba y para abajo. «Ya no habrá que hacer una batalla, como la que Woodrow planteara contra el socialismo. La utopía social que disciplina y maravilla a los ciudadanos ya ha sido formada y la hemos llamado: Fascismo. Libertad de Ni ni veas, porque sólo hay que disfrutarla», le dijo ella. Este es el Pacto de la Alianza en verdad: Gobierno y Corporaciones trabajando juntas. A greater alliance between big business and government. Este el verdadero Nuevo Trato que Franklin D. Roosevelt deberá imitar.

El Estado creaba la Utopía y Jonás, contagiado de las vanidades ilusorias, creyó a Margarita. Y pidió misericordia al jefe: «Dí a Woodrow Wilson y los padres fundadores del Liberalismo de hoy que más crueles jingoístas y más sangre de los inocentes han sido en tu reino, se ha visto. Y donde se ha derramado más de tal hervor es el lugar de dobnde provienes, desde sus ideologías presidenciales y desde el corazón de Tu Norte, mucho mens mal que en Ni ni Veas, porque nosotros, como ya has conocido, tenemos el socialismo edificador y la convivencia., Tenemos corazones conservadores verdaderos. No como en Amerikka».

Díle que Adolfito, hombre en la izquierda, sobre el capitalismo, la lucha de clases, el medio-ambiente, el control de armas, la eutanasia y el no fumar, y que se piensa casi similarmente que lo que los liberales de hoy en tu país. Jonás fue con tales cosas y habló masturbando su Verga de Oro.

El liberalismo fascista es bueno. No destruyas su Ciudad / sus pueblos / que yo al Ni ni veo lo encuentro bueno, siendo que prohíbe el tabaco, controla las armas con que se matan los hermanos, compadece al pobre que aborta y al fornicario que se amarra los güevos... El mismo Estado permite que te mueras por amor y se detenga su sufrir, porque la eutanasia es caridad; ardientes socialistas son los Hijos del Führer, Adolfo ha convertido al socialismo en un evangelio nacional, y también el Buen Benito; ambos se oponen a la herencia privada, a quese transfiera lo no se ganó con el trabajo, a la mano de apático vividor. Adolfo ha llamado a que se brinden cuidados médicos gratuitos. Benito mira con amor al obrero y hay sindicatos hasta debajo de las axilas... El Estado paga. De la salud no lucre ninguno. La educación es primero. La educación que sea pública y laica. Que la ciencia evite que la Mano de Dios nos aplaste.

Bendita sea la autoridad del Estado, dice Jonás, «into every nook and cranny of daily life».

Y oyéndolo, el Jefe se enojó. Lo escuchó decir que el Fascismo es, para ejemplaridad del gobierno de FDR: «the cleanest, neatest, most efficiently operating piece of social machinery». Y, como sabía que sus palabras enojaban a la Cósmica autoridad, el prostituto idolátrico que tentaba a su ego, aceptó que Margarita lo invitara a viajar en un crucero hasta Capri (Cho), para ver y oír en profundidad lo que jezabel, la judaica, tenía en su voluntad.

Y así, en la altamar y después de soplarse las velas en íntimo camarote, una tormenta vino que sacudió el mar y todos se hallaron ante la torrencial brisa del acusador.

«¿Que has hecho con la Verga de Oro y por qué te escondes con esta mujer? ¿No te dije que las jezabeles de facha liberal de hoy tienen sus raíces doctrinales y emocionales, no sólo en el fascismo de la Vieja Europa de siglos, sino en las lujurias remotas de las hembras que suben a los baales y asesinan a los sacerdotes de Hashem?»

Margarita, la judía facha, Jonás y la tripulación estaban muy asustados, porque escucharon que Jonás oía voz del Invisible Aliento y se culpó por la erección de su Verga de Oro.

«Es culpa es mía», dijo Jonás. «Desobedecí y parezco que sirvo al contraespionaje».

Reoyéndolo, los marineros lo tiraron al mar y lo tragó un Gran Pez.


06-12-2004 / Cuentos para esoteristas y otras menudencias