Thursday, February 18, 2010

Durante el parto de mi hija



Meditemos en la excelente gloria del Vivificador:
Gayatri, Himno Sagrado de los Vedas

a mi ex-esposa que me introdujo
a los estudios del Yoga y el Tantra

En la décima luna, mi mujer, la Humedad,
me llamó Luz Seca y cantó
a la pudemdum muliebre del bosque
de su vulva y dijo que sus vellos púbicos
son pequeños lingotes que vibran
y la llenan como asvines...

Y uno la moja y otro la seca.
Y me dijo que va a nacer un sol
para el Establo de la vida y que debo adquirir
seis caballos y una cuna, con cien ruedas.
Y los tres vamos a cruzar el espacio
y visitaremos al Vivificador que vive
en lo oscuro y al padrino que estimula
que nazca un sol en la mañana,
el pequeño sol de una hija.

Fue en la décima Luna que mi mujer,
la húmedad horizontal, la que tomé
sobre el pasto de la cama, me dijo:
«Levánte, luz vertical, varón que ejecutas
tu vitas sexualis con eschára, vamos a ver
al Hombre Colorado, al que tiene tres piernas,
siete brazos, al que monta en el carnero,
como tú que te montas encima de mi ombligo.

Aliéntame la gratitud que yo le tengo
a las llamaradas / chispas / que surgen
de su boca; él es quien da la tibieza
a nuestros mutuos besos; él es
quien frota con siete rayos tu pene
cuando está en mis manos y yo me como
su fuego y le doy mis riachuelos,
ensalivándolo, para que apague el calor
con que me quema.

Levántate, esposo mío, Luz Seca.
Nos han regalo un sol pequeño
y vamos a bautizarlo, como sol visible,
vestirla de galas para que vaya en la carroza
del auriga Aruna. Démosle el nombre
de Surya, porque ha salido de lo oscuro,
y ha de ser pequeña diosa, luminosa...


En los días astrales de Leo, 1980

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Wednesday, February 17, 2010

Ruego de niña / Sospecha de niña / El ser tras la burka


He leído, papá, en uno de esos libros
de la India que posees, que existen
unos médicos celestes y los llaman asvines
y anotaste al pie de página,
«est(tudiar); creo en ellos».
Nasatya y Dasra, para la soledad
del bosque, y Surya es la carrera
por la vida, competir en fracaso.
Y siempre estando solo.

Entonces, díme...
¿qué más averiguaste? ¿cómo llamarlos,
hacer que vengan, porque
mamá está enferma
y los necesitamos?


02-09-1998

<>

Sospecha de niña


¿Qué quisiste decir, qué con eso
de que soy tu «pequeña saltamonte»?,
hembra que se asusta con las burkas
o velos fantasmales como hilos
de arañas que el macho enamorado tiende
cuando es escarabajo,
¿que somos muy miedosas?
¿Que no sabemos pensar que alguien
nos quiere antes de mostrarse
si no se urde primeramente
un velo o burka para tenernos asustada?
Sospecho, papá, que te gusta
jugar a los fantasmas y que casado
y con mi compañía, te sientes
solo..

02-09-1998

<>

El ser tras la burka

Siempre desciende un acya, llámalo
ángel (ha de ser algo divino en forma de persona,
majá purusha, alguien que nos instruye
y reside más allá de la tieniebla del bosque.
Tienen tanta luz en sus rostros que yo
me escondo, te confieso. Hago una burka
o, mejor decir, ese velo de araña
hasta que él, con amor me solicita,
que no siga escondido, «Padre del Saltamonte,
salta detrás del simulacro y aprende, Bhakti,
devoción, conmigo, pero no te escondas.
Voy a darte unos cuantos consejos».

No han sido doctrina de vacío siddhanta.
Son la dulce trampa de sus ecos
y te la doy como fe, a tí, niña mía
porque me dijeron que te eduque,
por igual, para merecer el ángel
y ascender a donde habita.

22-09-1998

<>

Lo que averigué




a Prabhat Ranjan Sarkar (1921 - 1990),
alias Shrii Anandamurti
Todos somos, de algún modo,
habitantes de los bosques, Gabrielita.
Nuestros bosques son el mundo debajo
de la Infinitud. Pero el Espacio es ilimitado
dentro y fuera de nosotros.

Para llamar a los hijos de Aditi,
a cada sabio que tenga su consciencia infinita,
para llamar a los médicos celestes,
uno tiene que meterse dentro del espacio,
dejar de ver el bosque, porque el bosque
es denso y compacto y muchos árboles
nos quitan la vista, ciegan el horizonte
y ni vemos abajo ni observamos arriba.

Averigué que, de querer,
viviríamos en doce dimensiones.
Llámalas Tus Doce Caminos para mirar
por dentro, para escuchar arriba.
Mitra, Aryaman, Bhaga, Varuna, Daksha y Amsa,
Marttanta, Surya (el sol, a quien yo más comprendo),
Savitri y Chandra, a quien llamo la Luna.

Averigué que al Saltamonte nervioso,
ágil y caprichoso, al que yo llamo el Alma
también es lo que designo el Bosque,
alma el bosque, hija del bosque
mi aliento, mi fuerza, mi alegría,
hija del bosque, la soledad de Surya,
hija y esposa, mis saltamontes,
mi sangre... ellos, los médicos celestes
me dijeron, házte domador, saca el carruaje,
vamos a transformar tu carroza
y llenarla con flores
, flores más bellas
que las que hallarás en el bosque,
que es este cuerpo con patas, esta sed incompleta
a la que nacen alas, mas no hay manera de volar.

Somos los saltamontes que no encuentran
el espacio infinito. Nos atrapa el follaje tupido
y somos así, como caballitos que no tienen
espacio para el trote ni conductor
que le instruya a no temer si galopan.
Eso somos, hijos del miedo, la limitación,
la soledad, hija.

Por eso necesitamos
los asvines, ese pareja que nos dome,
uno que sea el majá purusha, el Acya
sobre el que mucho te he hablado,
otro que sea femenino.

Averigué que Nasatya y Dasra, médicos
como el Abuelo y tu tío, pero más sabios,
doman las energías nerviosas, el temor a lo oscuro,
la vida vital de las noches, llenan las soledades
de vespertinas alegrías y colman de alboradas
almas que se esconden tras las burkas del velo...
y sabes algo, el asvín que nos ama es un doble esposo,
aunque se vayan, se quedan...

Les gustan nuestros bosques, curan
lo mismo al árbol, que al saltamonte caído.
Ayudan a parir a las doncellas.
Dan la salud por medio de luces.

Conceden su caridad al miserable
y se adornan de lotos la cabeza
cuando están frente a las niñas,
hijas del bosque.

16-05-1998

Las zonas

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En los infiernos / Del amor al odio



En los circuitos emocionales primitivos,
en lo profundo de mí mismo,
en grutas que no son exactamente piel,
hallé mis tentadores, adversarios
que no he querido ver, que no son bienvenidos
(pero que están ahí, nunca se alejan del todo).

Duermen con uno, se salen por los ojos
de las pesadillas; se meten en nuestros pies
cuando estamos descalzos, se cubren
sin nuestras ropas, se desnudan de suyo.

Nos llevan al infierno y nos gritan
qué somos, con qué defecto o cualidad
los castigamos, qué asignación de miseria
y choza de zozobras les dimos
cuando debimos ser el padre que los cuide,
amigo que no dejamos en el desamparo,
hembra a las que debimos absorber
o entretejerla con ternura.

Entiendo. Yo por mis demonios me juzgo,
yo me echo la culpa
y cuando visito el infierno que les dí,
los abrazo, les pido perdón.
Les digo que me acepten, al menos,
como amigo.

10-02-2005

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Del amor al odio

Alguien, a menudo no es uno
(tan consciente que no distingue sombras en las calles,
sino su paso cauteloso, bajo el sol iluminante)
se obsesiona con la promesa de los ritos.
Se juró compromiso de amar para toda la vida.

Eso es lo que quiere, zalamero amor,
heroicos juegos de placer en la cama,
mimos al por mayor, faenas que entramen
químicamente el orgasmo, rato por rato,
minuto tras minuto, años tras años,
sin desperdicio.

... porque el amor debe ser perfecto
y la erección contínua y ese clítoris
a chorros con julepe reciprocador.
Ni placer ni amor que pierdan su fuerza
ni hoy ni tarde o temprano.

Es amor para toda la vida,
no compañerismo a ratos indiferente
no complicidad, por la costumbre,
ni perdida su vitalidad
de eterno menstruo
y paraíso.

Aquella que me amó, obsesa
de la mágica frase «para siempre»,
me sale en las noches
con un largo cuchillo, matapuercos.
Es una hermosa Duende, muñeca viva
que parece animada en el Hentai más porno
y surge del bosque, como el Trauco
en los mitos de Chiloé. Como las ninfas.

Dice que le devuelva el hacha
porque es suya. Y no me la merezco.
Dice que ya no amo los árboles y que mi leña
ya no produce fuego para nuestra casa
y coloca, traicionera, súbitamente, su cuchillo
en mi garganta y la corta hasta que sangro
cantidades de feniletilamina,
anfetaminas potentes.

Es cuando ella me parece un nirvana
y la tiro sobre el follaje y la poseo.
la ultrajo debajo de su falda,
dentro de sus vulvares ambiciones..
Todos los árboles sangran oxitocina
por un tajo en el tronco; el mismo tajo
que le calculo, impregnándolo
con semen en sus nalgas.

El universo circunda los placeres
cuando me sangra la cortada.
Yo voy del amor al odio.
Ella del rencor desesperado al amor.
Nos compensamos.

10-02-2005 /
Las zonas del carácter: Indice

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Indice: Cuaderno de amor a Haití



Indice / Cuaderno de amor a Haití



Tragedia haitiana

Les dejo mi diario

Este impulso salvaje que traemos

Cuando hables del Trabajo

Las frutas

Cuando brillabas y eras rey de la forja

La antilla despreciada

Saque de cuentas

El por qué

La historia de un atorrante loco

Hatuey y el Guabá

El primer torturador

Cuando la compasión es tan poca

Este era él

Ofrenda sangrienta

Sin simpatía humana

Los chupasangres

Esperan al asesino con amor

Homicidas y cómplices

11 de septiembre de 1789

Los invasores, 1898

Desacralización del origen

Despedida

Soldado hacia la guerra, 1791

Acto compasivo y revolucionario

Aristocracia iluminada, 1804

Respuesta en Navasse, 1891

Ultramontanos


Un demonio llamado Henri

El templo de la libertad

El desafortunado

Manifiesto emergente de los carbonarios

El trabajador

Moral de trabajo

A cortar cabezas, a quemar sus casas

El altar contaminado

El cimarrón de ojos de fuego

La traición

Rezo del negro con picota

Agradecimiento

En vísperas del Tratado de Ryswick, 1697

El Pacto Gondra

La sangre se hizo llanto y soledad

La que viene

Lamento luctuoso de un padre

Informe del saldo

Repport final / Traducción

The one who comes / Traducción

L' une que viens / Traducción

Calculez-le! / Traducción







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Los hipócritas / Memoria vieja tiene tu hipocresía


Los hipócritas

El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a los otros: Jaime Balmes
Ninguna persona puede ser absolutamente liberal
ni absolutamente conservadora. Es más,
cuando se dice la palabra Absoluto,
adjudicada a cualquier carácter o evento,
todo comienza ya a ser sospechoso.
Eso de absoluto, liberal o conservador,
son juegos retóricos, son pendejadas
de la lexicografía.

Lo que más conviene que se diga,
o se determine, si la honestidad está en disputa,
es cuán hipócrita es quien está hablando,
cuál es su posición exactamente, dónde se ubica
su miedo o su mala voluntad.

Por razones dialécticas, cada situación cambia.
No hay estereotipos inmutables, no hay problema
que se quede como tal para siempre.
Hasta los hipócritas se arrepentien y corrijen
sus faltas. Los impacientes se refrenan.
Los tontos, con mil tropiezos, aprenden.

El ignorante se entera, o sucumbe delatado
por vergüenza. La mala fe siempre oculta algo;
tiene que estar bajo fuego de las críticas
sólo así la hipocresía se retrotrae y teme.
¡Pero hay que tener paciencia!
No que se baje la guardia.


04-11-2006

<>

Memoria vieja tiene tu hipocresía

La hipocresía y la culpa son hermanas gemelas: Manuel Tamayo y Baus
Hay memorias de injusticia que se heredan.
Están en la familia como trastes viejos,
En lo aprendido, como mala costumbre.
Desperdicios son que nos llenan de culpa
y no viene nadie a la casa a decir
aquí hay ratón podrido, bota esa antigualla,
emotiva amargura; deshácte de ese entuerto
que cuelga de tus perchas, hay una culpa ahí
que te sale del ombligo, sobaquina
que sudas y se expresa en tu gesto.
Tú mismo no la quieres.
Es una culpa y no te pertenece.

No sé por qué la guardas.
Dáte una oportunidad. Rastrea por los rincones,
métete hasta debajo de la cama,
pero saca esa culpa de su mugre escondite.

Si no lo haces, siempre serás un hipócrita.
La culpa una negligencia que duele.
Busca a esa gemela misteriosa,
apesta mucho en tu vida, te quita sonrisa y brillo.
Tienes que reconciliar con el presente
como tu memoria es vieja y culpable.


04-16-2006

<>

Fuera de foco

La hipocresía es el homenaje que el vicio tributa a la virtud: François De La Rochefoucauld
No creo que haya nacido yo para ser
el que complazco a todos, la personita grata,
el mejor siervo, el anfitrión que otros adoran.
No trato de ser hosco ni dar desplantes
pero no funciono todo lo gentilmente
que de mí espera y hay que aceptarme
como soy, o joderse, porque yo no me culpo,
no me tortura por no ser la monedita de oro.

Tal vez es que soy feo. O no inspiro confianza.
O no soy todo lo adecuado. El mundo no se hizo
para mí únicamente. Lo entiendo.
En el mundo hay mucho prejuicio y odio
(a mí me dan mi parte y a ver cómo respondo).

Yo ni siquiera me esmeré jamás en ser perfeccionista.
Me descubro muchas veces muy fuera de foco,
pero no me voy a castigar por eso.
No me traté metas imposibles.

Si François De La Rochefoucauld no me piensa
virtuoso, que tampoco crea que me doy
homenaje, o me torturo o desvivo
por complacer a otros.
Yo me acepto, sin culpa, cuando estoy
fuera de foco.

04-16-2006 /
Las zonas del carácter: Indice

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Indice: Tantralia /

Tuesday, February 16, 2010

Indice: El Libro de la guerra




Indice / poemario / Carlos López Dzur


Erinas / Necesidades afectivas

Estado de emergencia

De la lucha por el alimento

Cómo hablar a un pueblo piadoso

El gran titiritero

Los innecesarios

Para menospreciarte

Para desalentarte

Para neutralizarte

De la necesidad de unidad y orden

El falso haganá

El momento amargo

Los cuarentiseis años de tu guerra

Yo soy la Nube Roja

La guerra

El inventor tenebroso

El enemigo tiene muchos nombres

Los salarios de sangre

Estado de esclavitud

Objetivo estratégico

Valentía

El guerrero acompañado

El rapto y el anhelo

Invitación a la decapitación

La guerra de las causas

A Pirrón de Elíade

Historia filogenética

El cadáver inicial

El primer enemigo

Los enemigos interiores

El día que comenzó la guerra

La otra mejilla

La guerra viva de mí mismo

La víctima diaria y disponible

Meditación sobre George S. Patton

Canto al guerrero estadounidense

El obediente

El hombre en general

El poder y la areté

Ahora me matan así

Desastre

La realidad oscura

De agresores

Cuando Apolo muere

El poeta y la revolución

Defensa de la Utopía (1)

Los cambios

Seth: el hombre-bestia

Lenguaje y muerte

Los expropiadores

El rebelde y el guerrero

El guerrero acompañado

Gregorio Samsa

Scarabeus sacer

El guerrero que viaja conmigo

El soldado y la muerte

Como una granja de animales

Cómo bombardear el jardín

Agresión pasiva

Sabotaje a la maithuna

Efficiency evaluation

Misa conmemorativa

Los intrusos

La pregunta

Descripción del pene del Diablo

Letanías por Osama bin Laden

Meditación sobre San Sebastián

La pasión más fuerte

Preguntas sin respuestas

La hija del sequedal

Pánico

Tennessee Williams observa su-muerte

Cervantes, héroe de Lepanto

La guerra es una anciana lujuriosa

Las hordas fraudulentas

Los comuneros

A José de San Martín

Heraklés, o la economía física

Las reses

El perverso modelo de la horda

Los machos alados

Acrisio el misógino

Las tres hermanas, 1904

Los chacales se acercan

La guerra y la paz imperialistas

Angustia de Occidente

La cantadora en las trincheras

A Mariana Bracetti

Poiné

La herida

A Sucre

Andrea de Bellido, ejecutada en 1822

Rebelión dionisíaca contra la apolinearidad

Todo lo cambié por la solidaria compañía

Los fantasmas malditos

Sicología de la lástima

Voluntad de poderío

El fuego fatuo de la no solidaridad

Un crimen sigue ahí

El juego rudo

El crimen

En Estados Unidos de América

Para ganar una batalla

Dílo de una vez

Tu palabra de guerra

La alimaña de bronce

Los condecorados

El militar idealizado

El sobreviviente

Convocación antipredatoria

El estado

Amor y aprendizaje

El enemigo

El prójimo

Los langostinos de la asfixia

A la Generación del '98

Agresión pasiva

La marcha por los muertos

Cavar la tumba de la paz dolida

Giman

Entristezcámos

Los credos del luto

El reclutador

Hosarsiph, el silencioso

La búsqueda solidaria

Nihilismo activo

Las tretas vengadoras del luto

Los saboteadores

Matarile

El Gran Comunicador


Memorial Day

Paranoia social

El Imperio del Mal

Las manos sucias

Los jacqueries


La cita

Amplificación incestuosa

La Cueva de Cleantes

El lenguaje

El cinismo

Moral values

Lamia espía

Estética de la ingratitud

Etnocidio

Falseamiento

Cuando nací

6 de junio del 2002

Los lémures

Morituri

Discriminación genética

Gaitiana

Etica de la deuda

Los canallas

Los visitantes

Richard Pearle, el Titiritero

Van al ritmo de tambor

Levantamiento campesino, 1932

¿Quiénes son los adversarios?

El exorcisador

El lenguaje

La paradoja

Vendrá tu hija, la reina de los muertos

En el principio

Las pequeñas violencias

Valores iluministas

El guerrero y el conocimiento

El guerrero y la energía

El incompensado

Por la victoria

En el club de los traidores

Hay seres estrechos y mezquinos

Dialéctica negativa

El espíritu en orfandad

La sedienta

El sobreviviente

La doctrina de la recaptura

El soldado feliz

System busters

Un mundo anti-roseveltiano

Baphomet, el guerrero sublime

El enrmigo dr tu casa

Escatología de la guerra (1)

Escatología de la guerra (2)

Soldadura existencial

Lucha por el despertar

Las noches fantasmales del desamparo

Ginés de Sepúlveda

Conquistadores y conquistados

El desarme mutuo

A Max Stirner

Yo estoy hecho de vida y de llanto

La cita

Una batalla victoriosa

La misión / Metta

Trincheras solitarias

La semilla victoriosa

Los 8,000 cadáveres, 27 de mayo de 1234

Las vengadoras

Ante John Quincy Adams

Que no vuelvan

El patriotismo cinta negra

Convocatoria a los guerreros del presente

Se llama Manuel

El candidato sospechoso

Prat dels cremats

Kalenjines vs. kikuyos

El terrorista americano


El rival chino

Tuesday, January 12, 2010

Contenido y colaboradores: Sequoyah 51


La revista Sequoyah Virtual anuncia su contenido y autores incluídos en su edición 51

Contenido 51

Crítica del agravio moral, cosificación y reconocimiento
En torno a Axel Honneth
/ ensayo

El optimismo de Vallejo en un poema

César Vallejo

Hoy me gusta la vida mucho menos / poema

Mario Capasso
Flores son amores / cuento

Iris Miranda
Tánatos
Ante el oráculo del espejo
Invitación

Frags. de «Los escritores inútiles»

Carlos Daminsky
El hombre sin párpados
Desdicha gramatical

«Para escribir hay que estar chiflado»:
Entrevista con el poeta Carlos Daminsky


Éktor Henrique Martínez Hernández
Crisis de la cultura y cultura de la crisis
Poesía como un montón de mierda

Alejandro Vórtice
Fantasía / prosa

Alicia Fontecilla Aravena
Muerte / poema
Mística / poema
paroles d'une femme terrible
dédié à ma chère loup, Javier Monroy

Alicia Fontecilla Aravena:
Una entrevista con Sequoyah Virtual


Liliana Varela
Hay Días / poema
La llegada
Gente que trabaja
El final adecuado / cuento

«En poesía son necesarias: musa y trabajo».
Entrevista con la poeta Liliana Varela


Carlos López Dzur
Cosa de púgiles / cuento
Aproximación al «Libro negro» de Carlos Daminsky

Fanny Jaretón
Porfía
Navi/amarte
¿Quién eres?

Arturo Cardona Mattei
Haití / poema

La revista está abierta a colaboraciones en los renglones de poesía, cuento, ensayo. Colaboraciones se envían a baudelaire1998@yahoo.com



Saturday, January 02, 2010

La ropa limpia




En apariencia, Mano [nominativamente, Manolo] nos pareció un chico bueno. Casi siempre se le observa solo, acomplejadón porque era un bodoquito gordo, aunque tenía más estatura que nosotros. Andábamos cazando algunas chicas, por eso de ir al cine en grupo. Con una parejita del sexo femenino y Mano vivía, al lado, vecinos de una niñas que nos gustan.

Entonces, sin conocerlo, lo abordamos. Nos dio confianza que el gordillo viste impecablemente limpio. Calza unos tennis shoes blanquísimos, tanto que parecen nuevos. Y las medias igualmente blancas, como la camiseta de cholo. Los pantalones son negros. Brillan por una negrura sin desgaste. Siempre es así, medias relimpias, la blanca camiseta. Todo lo que utiliza es pulcro. Tiene su reloj de oro que marca horas de sus soledades, porque siempre anda solo, y casi no sonríe.

Tuvimos algún recelo. El no trabaja. Ha de tener una madre que lo quiere y lo mima. Que se desvele para tenerlo muy alimentado, higiénicamente vestido. O bien, que lo complazca en sus gustos cuando le obsequie y le compre. El oye música por un apartico, con audífonos, minicomputadora digital, juegos que lo joroban, al caminar, porque derrama su mirada sobre la pantallita y se asoman imágenes que medio lo sonríen.

«¿Quieres ir con nosotros? ¡Vamos a bebernos unas aguas frutales y comernos unos taquitos!»

Se metió las manos en los bolsillos. Sacó apenas dos pesos con la centavería y un pase de autobús.

«¡No, no puedo! Tengo dos pesos y mi pase de autobús, que está vencido... ¡Vean!»

Mi otro amigo de parrandas tiene vista de lince y vio que el pase no caduca hasta el año que viene, en diciembre del año. Pero guardó silencio.

«Yo conozco a tu tío. Por él es que sé que hace dos meses se murió tu padre.

«Sí. Se murió el viejo», le dijo con sequedad.

Total que nos fuimos los tres. Comimos, bebimos y gastamos más de lo que pretendíamos. Mano resultó buen colmillo. Pidió a costa del amigo y mía y, a la hora de pagar, ni siquiera quiso dar la propina, como solitamos. Un peso, carajo. Un peso que no dolería a nadie. Era de esperarse. Nos había advertido. «Estos dos dolaritos los quiero para el autobús. Esta noche debo ir a algún otro lado».

La desazón fue mucha para esa mañanita. Olvidamos preguntar por la razón por la cual invitamos a Mano. Mas mi amigo, «El Lince», como lo llamamos por su mirada astuta, no se quedó satisfecho. Visitó al tío de Mano. Mintió diciéndole que, aún siendo de él íntimo amigo, no le quiere decir por qué él anda, preferentemente solo, o es un adolescente entristecido.

«¡Ese sobrino mío, amigo tuyo! vaya... Es un hijodelagranputa. Dejó morir a su padre. Sólo vive viendo vídeos de pornografía con sus juguetitos... De alguna manera, él fue quien mató a mi hermano. Pudo donar la sangre que él necesitara, no lo hizo. Pudo cumplir con las llamadas necesarias que yo le encomendé, era sólo agarrar el teléfono, ayudarme en las gestiones de salvarlo... pero se pegó a una computadora a ver encueratrices y pingas chorreando en culos... Mi hermano enfermó grave... pero no... toda su puta vida se concentró en su ego, hasta el punto de decirme: 'Deja ya que se muera. El no tiene remedio. Ahora voy a ser el rey de la casa. Y lo suyo es sólo mío. Tú no te metas'.»

Lo que dijo al pobre Lince lo llenó de escalofríos. « Por eso yo ni lo quiero a medio metro de mi casa... y tú no vuelvas más, si eres amigo de él, de tí no puede salir nada bueno».

También yo ví a Mano otra vez. Sin la ayuda de él, llegué casi a su puerta. Me encontré con la nena que te gusta y le dije que me gusta su hermana. La acompañé a donde iba, al bajar hacia la calle por unas escaleras y nos topamos con Mano, que subía a su apartamento.

«Ahí viene. ¡Cuidado!», me dijo la niña que te gusta cuando ya comenzaba a decirle sobre tí.

«¿Quién?», pregunté.

«¡Ese vago! ¡Hipócrita, que esclaviza a su madre! y la tiene lavando todo el día, ese pendejo que se siente el rey del mundo y su madre lo consiente...»

«¿Cómo sabes? Sí, míralo. Siempre va limpio y parece que no anda en malos pasos...»

«Pero un día andará. Dejó la escuela y su madre, toda un mar de llanto, le cuenta a la mía, que está acabándose los ahorritos, que le dejó su padre a ella, para cuando estuviese viuda, porque a él le dio cáncer».

Y ví, con una mirada que le dí, ya desde la distancia, que se encerró en la casa. De su balcón salió una mujer con un cajón de detergentes y mucha ropa que lavar, rumbo a la lavandería.


03-12-1982/ Microrrelatos

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Indice: Las zonas del carácter / Monografía: Filosofía de la Acción

Tuesday, December 22, 2009

El Milagro de Navidad


Paulatinamente, Evaristo se dio cuenta que estaba «investido de poder». El dios, a Quien sólo recordaba para echarle maldiciones, le encomendó un rayo mágico, poder mental o concentrativo, con el que desde su cabeza, al sólo vibrar una mala intención, lo que fuese venganza se materializaba. No había necesidad de matar, o maldecir más. Si funciona así es porque Evaristo es meramente ignorante, fatalista. Un hombre ordinario de los que, en el mundo, todo le cuesta trabajo. El dice que, aunque lo persiga la desgracia, cumplirá los dos mandamiento esenciales, lo que él puede. No matar, no robar. «Los demás que se los metan por el culo».

El no puede honrar a quien no vive ni ve. Ahora, si lo piensa, perdió a los padres y cercana parentela en un terremoto y era tan niño. De tanto meditar en que el mundo no tiene salvación ni remedio y que la Naturaleza mata poco a poco, además de aprovechar los errores humanos, tiene su memoria la fuerza del terremoto que hizo desaparecer su ciudad natal.

Ha puesto a prueba su poder. El mueve objetos con su mente. Los pulveriza. El fue y destruyó el puente, bajo el cual durmió meses, sin que nadie le trajese una torta en semanas. Tuvo sus pies hinchados, sangrantes de caminar, se arrastró sin esperanza y con mucha hambre y, recordándolo, cuando reconoció su poder, vara mágica de Moisés en su alma, dijo: «Destruyéte» y el puente se vino abajo por causas no explicadas. A nadie Evaristo dijo: «Materializo destrucciones al maldecir; pero, yo no soy malo ni bueno».

Esto es definitivo. Lo han investido del poder destructor que la Naturaleza tiene en sí. El no es especialmente merecedor de privilegios divinos. Ahora cree que tiene éste y lo llama la Fe, o a veces la anti-Fe, y cuando dice Anti-Fe y anti-Cristo, como ha visto en películas, si alguna iglesia está cerca, con una cruz visible, la Cruz se cae y es el rayo mágico de Evaristo. Se cae aunque él no vea al momento la imagen cuando se hace trizas.

Si se ha acercado a las iglesias, ha sido por hambre. No para tirar altares o cruces delante de sus portales. Su oración alguna vez fue un «dáme» (una frazada, una latita de alimentos, albergue supervisado por causa del terremoto, o algún otro evento trágico, su emergencia). Y él da 'las gracias', si algo consigue, y se va. O se iba. Tal vez haya sido virtud suya que no sea aprovechado ni hipócrita.

Hoy se levantó, quisquilloso y susceptible a sus lastres emocionales, por el mal dormir y se topó con alquien que siempre llevara una Biblia que huele a sobaquina y sudores del brazo. Una vieja religionera, de esas que se dan golpes de pecho. Son varias las veces que ella lo maltrató con palabras en la calle. Ahora, tan ufana y quitada de la pena, le cruzó por delante y susurró. «¡Dios le bendiga, señor!» Ni a él, por su experiencia, habría gustado que otro doliente recibiera ese Dios le bendiga que ella da, porque, al parecer, tendría que estar encumbrado con el don del éxito y la respetabilidad para que verbalizara tales bendiciones.

Suerte. Hoy está apto. Aleluya. Se bañó, se rasuró meticulosamente. Ahora no será humillado ni privada ni públicamente. Evaristo tiene ya un empleo. No está en fachas. No será ejecutivo o burócrata; pero ni siquiera tiene la pinta de pordiosero que tuvo antes de este diciembre. Aires de Navidad. Jamás lo había pretendido con esta consciencia de poder o envestimento mágico.

La recuerda en los predios del mismo templo. El se acercó a ella, tan digna y bien vestida, como él hoy, y escuchó cómo disparó su desprecio por la vagabundería y el desaseo personales. Ni pensarlo que ella lo dejara entrar y llenar de pulgas, o sabe Dios qué microbios, el interior de la Iglesia.

«Entonces, con finas palabras, me dice que yo me hinque en las ventas del carajo, ¿es éso? ¿Cómo putas quiere que me bañe si vivo en los mugres rincones, bajo un puente, si no se me quiere a la luz, siendo yo una cucaracha?... Si ahora ando descalzo, señora, no es porque soy vagabundo. Soy un ciudadano en muerte, desempleado... y me equivoqué. Este templo no es para desafortunados». Prometió que no volvería a entrar a ninguno ni por un mendrugo ni cuando repartiesen cobijas, por «amor a los damnificados».

Madrugó con este recuerdo. Ahora que la vio, ella se atrevió a decir que va hacia el lugar donde se reciben bendiciones, donde se reúnen a dar gracias los benditos y a planificar «Buenas Obras» para el prójimo. Claro, la «iglesia»; él sabe donde ella va y no necesita de tantas metáforas sospechosas para que entienda a una hiena, vestida con piel de mojigata.

«Pues, si quiere, le acompaño».

«Sí, venga. Es el lugar más libre de la Tierra».

Todavía tan hipócrita y él la juzga en silencio. Evaristo se aguantó el malestar de verla, sin revelar su identidad y su odio. Dedicó su remanente de energía a concentrarse en la cruz del Gran Altar. Bien que lo rememoraba y quisiera verlo en pedazos. El conoció el lugar y ni siquiera lo maldijo aquella vez, hoy puede, siendo que se le dijo, «no traiga sus pulgas ni microbios» y en amargura lo guardó como recuerdo. Entonces, estuvo tan cansado, tan débil, sin ánimos afirmativos en su alma, que ni discutió; pero, esta vez será diferente.

Acompañado con la mujer de su antipatía, Evaristo entra. Va sintiendo el crescendo de unas ondas vibrantes que crepitan. A ras del piso, a sus pies bajo la superficie, él siente como aguas turbulentas que se embravecen desde algún fondo invisible, Aún más según va yendo hacia el altar. Debajo y a la largo de sus senderos, Evaristo las siente como a sus propios pasos, pero el proceso es subterráneo, oculto bajo del piso enlozado de la Iglesia.

Sucederá. Es el rayo mágico. Va a caer esa cruz desde la pared. Caerá y destrozará el altar. Lo supo. Lo declara la energía intensa y reconcentrada: un temblorazo viene. Catstrofe en marcha, con agua y fuego. Explosiones, estallidos de las cañerías, paredes que se desquebrajan, pisos que revientan y se hunden. El no los ve. Sólo los siente, como Anticipo meditorio de la fuerza del rayo que domina.

«Yo llamo a aquel Altar, con su inmensa Cruz de Oro en la pared, el lugar de las bendiciones, y mirando hacia esa cruz, antes de sesionar, oramos para que discernamos cuáles han de ser las buenas obra que debemos planificar», dijo ella a Evaristo, quien se detuvo al ver que un niño corrió por su costado. Fue a colocarse ante el altar, juntó sus manos y oraba.

Era un niño hermoso, como ese que pintan en las estampitas en medio de un pesebre. Y se miró en su prisa con miedo.

«Venga, no se detenga. Unámonos a la oración. Ese pequeño nos da ejemplo de devoción intensa, desde temprano en las mañanas y en su vida. Es el hijo del Pastor. A veces ora por horas».

Evaristo lo mira, enternecido; pero el rayo ya fue activado por la antipatía que él sintió al toparse con la mujer.

«Hágame usted un favor, si quiere usted tanto su altar. Traiga a ese niño aquí y corramos».

«¿Qué dice usted? ¿Corramos? ¿Que salgamos?»

«No hay tiempo que perder. No manche ni la cruz ni el altar con sangre».

«Le juro, no entiendo».

«¡Vaya, vaya! Llámelo, Tráigalo a mí, Aquí la espero».

«¿Cón que derecho interrumpiré la oración de ese niño? Eso me metería en problemas con su padre...»

«¡Hágalo, carajo! y salgamos».

Al levantar el tono de su voz, el temor de la mujer la hizo reaccionar. Fue hacia el al altar, susurró al niño y salió con él por una puerta lateral, más cercana a la salida. Fue mejor así. Que Evaristo no supiera que la mujer lo pensó un secuestrador, o robachicos. Afortundamente, ella no lo que dijo a la prensa cuando opinó sobre lo sucedido.

El templo quedó reducido a escombros. Los periódicos vespertinos describieron casi similarmente que el evento
:

«Una avería eléctrica, en el fondo de la sección central del edificio, despedazó la superficie, sumándose el efecto destructivo originado por un incendio y sucesivas explosiones, un violento brote de aguas que fue inundando y desgajando cañerías de cablaje eléctrico, abriendo el piso y paredes. El altar de la iglesia parecía retorcido, tras la explosión que tiró violentamente la pesada cruz de oro macizo. La Virgen se hizo añicos. Afortunadamente, en horas tempranas de la mañana, la Iglesia había recibo a muy pocos visitantes. Cinco minutos antes de la molicie, una ayudante administrativa del Pastor XY y el hijito de éste, de sólo siete años de edad, abandonaron la iglesia, rumbo a la casa del pastor, a dos cuadras».

Días después de que Evaristo activara el rayo mágico, en una edición del diario local se especuló que la única víctima de la Extraña Explosión en la Iglesia, fue él, aunque no se le identifica por su nombre, sino por su oficio: Guardia de Seguridad, 50 años, estado civil desconocido, residente de la ciudad, sin expedientes criminales.

La vocera parroquial, o Señora X, afirmó que habló con éste sujeto Y, y lamentó la tragedia de su muerte y las cuantiosas pérdidas materiales de la Iglesia. No obstante, explica que fue «como una experiencia angélica lo que hemos vivido» debido a «la irrupción de este mensajero divino». Evaristo no sabe que se le ha llamado «Hermano heroico, porque salvó las vidas de ella y el niño».

2009 /

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Tuesday, December 15, 2009

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